Mejorando los congresos: dos propuestas para aumentar la visibilidad de las mujeres

Tras una conferencia, los hombres suelen hacer más preguntas, lo que perpetúa su mayor visibilidad. Dos propuestas parecen servir para reducir las diferencias. El resumen es: si quieren mejorar en igualdad, pongan a más mujeres encima de la tarima. Y, si pueden, dejen que pregunten primero. (Aunque esto último da lugar a dinámicas aún no bien entendidas: los hombres “parecen perder interés”).

Este artículo es una colaboración con la sección ´Aquí hay ciencia´ de Tercer Milenio, suplemento del Heraldo de Aragón, donde fue publicado originalmente.

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Las diferencias en la carrera profesional entre hombres y mujeres no terminan de corregirse. Tampoco el ya conocido como “gráfico en tijeras”, ese que muestra cómo ellas son ya mayoría en las universidades europeas, pero apenas suponen una cuarta parte de los cargos de ´mayor responsabilidad´.

Una de las múltiples causas está en su menor visibilidad, y uno de los lugares para conseguirla en ciencia son los congresos. Ahora que poco a poco vuelven a ser presenciales, un nuevo estudio ha vuelto a comprobar lo que ya se iba sabiendo: en promedio, las mujeres preguntan y participan menos en ellos que los hombres. La novedad es que han probado cambios para tratar de reducir la brecha, y parecen haber funcionado. El resumen es este: si quieren mayor igualdad, pongan a más mujeres encima de la tarima. Y, si pueden, dejen que pregunten primero.

El estudio

Investigadores del Imperial College de Londres analizaron durante dos años consecutivos casi 1.000 preguntas y comentarios que se hicieron en la reunión anual de los endocrinólogos británicos. Era un buen punto de partida, ya que aproximadamente la mitad de los asistentes eran mujeres y la mitad hombres. Sin embargo, ese equilibrio no se reflejó en las intervenciones. Publican los datos y sus conclusiones en una de las revistas de The Lancet.

El primer año analizado fue 2017. En ese congreso, y pese a la paridad en la asistencia, solo el 24% de las preguntas fueron realizadas por mujeres. No solo preguntaban menos, sino que sus intervenciones eran más cortas (15 segundos de media frente a 21 de los hombres). En total, el tiempo en que los hombres estuvieron preguntando fue de 2 horas y 54 minutos. Las mujeres lo hicieron durante 56 minutos.

Esos datos son muy parecidos a los de otros estudios que también lo habían analizado. Y la edad no los explicaba. Es cierto que la experiencia aumenta el número de intervenciones, y que hoy por hoy la mayor experiencia la tienen los hombres que llevan más tiempo ocupando esos cargos. Pero las diferencias eran muy parecidas en todos los tramos: las mujeres siempre preguntaban menos que sus compañeros coetáneos.

Las propuestas funcionan

Al año siguiente los investigadores prepararon dos sencillas intervenciones para tratar de mejorar la situación. Enviaron un simple correo al equipo que organizaba el congreso y les pidieron este par de ´novedades´: que invitaran a más mujeres como responsables y moderadoras de las mesas de debate y que, si había opción, dejaran que la primera pregunta del público la hiciera una mujer.

Tras esas dos sugerencias, las diferencias fueron notables. Del 24% de preguntas formuladas por mujeres el año anterior se pasó a un 35%.

Y, desgranados, los datos son aún más llamativos.

Cuando las moderadoras eran solo femeninas, las preguntas de mujeres en la audiencia se multiplicaron por tres respecto a si solo eran hombres. Además, si la primera pregunta la hacía una mujer ­­—a pesar de la sugerencia de los investigadores, el 76% de las primeras preguntas siguieron haciéndolas ellos­­—, la probabilidad de que otra hiciera la siguiente intervención era más del doble a si comenzaba un hombre. Sin embargo, y sorprendentemente, en este último caso el número total de preguntas disminuía: se producía una igualdad a la baja por dinámicas aún no explicadas, como si las mujeres mantuvieran el mismo interés pero muchos hombres lo perdieran.

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Cuando la primera cuestión la hace una mujer, los hombres parecen “perder interés”.

Cuando analizaron el contenido de las preguntas, vieron que las preguntas de las mujeres tendían a ser más empáticas, a incluir más experiencias de pacientes y a preocuparse por las implicaciones de género de los datos. Además, solían comenzar menos que ellos con una declaración de hechos científicos. Para los autores, eso “podría reflejar una reticencia de las mujeres a hablar con autoridad en público, un fenómeno que se ha descrito en varios lugares y que podría deberse a varios factores, como la confianza en sí mismas y la menor tolerancia social al comportamiento asertivo de las mujeres”.

En general, sobre su trabajo consideran que las medidas pueden tener “un efecto a la hora de mejorar la inclusión femenina”, de ahí que “estos resultados deberían ser tenidos en cuenta en la organización de futuros congresos. Si las mujeres no son visibles en ellos no pueden servir como modelos para las más jóvenes, creando así un ciclo que se autoperpetúa”.

¿Un ciclo sin fin? (O, más que una pregunta, una reflexión).

 

 

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