Aquí hay ciencia / La polarización en el lenguaje político presagia una mayor desigualdad

Un estudio de más de ocho millones de discursos muestra que el lenguaje político se está alejando de la racionalidad. La deriva trae aparejadas consecuencias en forma de inacción legislativa y desigualdad.

Este artículo es una colaboración con Tercer Milenio, suplemento de ciencia del Heraldo de Aragón, donde fue publicado originalmente.

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Mientras se escriben estas líneas resuena el ejemplo alrededor de los incendios. Hace unos meses habría sido el de la dana y, si no encuentra un acontecimiento a mano, parece que tampoco haría falta acudir a episodios concretos. La sensación es que el debate político ha ido adquiriendo tintes que dificultan una discusión racional, acuerdos basados en hechos más o menos contrastados. Recientemente, un enorme estudio ha puesto números y ha apuntado a las consecuencias de esa aparente deriva. Lo ha hecho en Estados Unidos, pero no es difícil asumir que allí siguen funcionando como un espejo occidental.

El resumen, en el segundo párrafo: un equipo internacional de investigadores, coliderados por el español David García, ha estudiado más de ocho millones de discursos pronunciados en el Congreso de los EEUU, desde 1879 a 2022. Tras complejos cálculos y análisis observaron que el lenguaje basado en datos o evidencias ha disminuido respecto a otro basado en emociones, instintos o sensaciones desde mediados de los 70, casi de forma ininterrumpida hasta alcanzar un mínimo en 2022, el último año del estudio. Y la deriva trae apareados inconvenientes: alentado por la polarización, el cambio en el tipo de lenguaje se asocia con un aumento posterior de la desigualdad, posiblemente por una mayor dificultad a la hora de aprobar leyes importantes.

Entre el conocimiento y el “sentido común”

“En muchas democracias existe actualmente una gran preocupación por el declive de la verdad: la difuminación de la frontera entre realidad y ficción, que no solo alimenta la polarización, sino que también debilita la confianza pública en las instituciones. Un discurso democrático productivo equilibra las concepciones de la verdad basadas en la evidencia y en la intuición”, ha dicho David García, profesor e investigador en Ciencia de Datos Sociales y del Comportamiento en la Universidad de Konstanz (Alemania). Es decir, no siempre es necesario acudir a un lenguaje estrictamente racional, pues hay cuestiones “emocionales y experienciales que pueden ser fundamentales para explorar y resolver cuestiones sociales”. Depende de la calidad y la interpretación del dato que pueda o deba matar cierto relato. El problema, escriben los autores, es que la dependencia excesiva de ese lenguaje más personal o “intuitivo” puede impedir un debate político productivo. Y eso es lo que parece estar sucediendo, al menos en Estados Unidos.

Los investigadores, que publican su estudio en la revista Nature Human Behaviour escogieron mediante análisis y encuestas 49 palabras ligadas a un lenguaje basado en evidencias y 35 más relacionadas con uno ligado a la intuición. Entre las primeras, por ejemplo, “investigación”, “búsqueda” o “conocimiento”. Entre las segundas: “sospecha”, “opinión” o “sentido común”. Usaron ese “diccionario” para puntuar, mediante análisis informáticos, el lenguaje de cerca de ocho millones de discursos políticos. Y esta es la imagen que resultó.

 

Relación con los años entre tipo de lenguaje político, polarización del Congreso, desigualdad y productividad legislativa / Aroyehun et al.
Relación con los años entre tipo de lenguaje político, polarización del Congreso, desigualdad y productividad legislativa / Aroyehun et al.

 

El tipo de lenguaje se mantuvo más o menos estable desde 1879 hasta mediados de la década de los 70. A partir de entonces, sin embargo, la puntuación “racional” disminuyó de forma prácticamente constante hasta alcanzar su mínimo en 2022.

(Antes de continuar, y si empieza a pensar nostálgicamente que todo tiempo pasado fue mejor, recuerde que en España apenas si pudo haber debates hasta precisamente mediados de los 70).

Lo preocupante no es tanto la tendencia del lenguaje como lo que lleva aparejado. Al cambio progresivo del tipo de discurso se le superpone casi de forma especular un aumento de la polarización y de la desigualdad. Los investigadores reconocen que su estudio no puede demostrar causalidad, que el lenguaje provoque o influya en todo ello, si es solo un espejo o también un acelerador del incendio, pero sí proponen ideas al respecto. Según su modelo, el aumento de la polarización afecta al lenguaje. Y ambos cambios presagian un aumento posterior en la desigualdad. Su hipótesis para explicarlo es que llevan aparejada una menor productividad legislativa: la deriva en el ambiente y el lenguaje dificulta los debates razonados y el llegar a acuerdos, se reduce con ello el número de leyes significativas aprobadas y la inacción tiende a disminuir la redistribución.

De polarización y bandos

El concepto polarización puede remitir a una visión demasiado generalista de la vida política, a la equidistancia injusta por improbable del “todos son iguales”. Las diferencias en el lenguaje tampoco son fáciles de advertir para un estudio así: si un bando se desliza hacia un tono más irracional, es difícil que otro logre sustraerse por completo a la deriva originada, a la tensión del lenguaje. En el estudio, los investigadores calcularon la puntuación de los discursos republicanos y demócratas durante todos esos años. Si hasta 1940 los demócratas sí parecían mantener un lenguaje más racional, desde entonces apenas se aprecian diferencias… hasta 2022. En el último año estudiado, la puntuación de los republicanos se desploma como nunca antes en la historia y las diferencias se hacen evidentes.

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En un artículo resumen de sus últimas investigaciones, el otro autor principal del trabajo, Stephen Lewandowsky, apuntaba a esto último como un motivo de optimismo, ya que la deriva de unos no ha arrastrado a los otros, porque “la reciente separación entre el lenguaje utilizado por los demócratas y los republicanos en el Congreso demuestra que es posible un cambio cultural”.

El estudio no permite establecer causalidad, pero Lewandowsky terminaba su artículo así:
Las palabras importan”, y “tenemos poder sobre las palabras que elegimos”.

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PD: por otro lado, todo lo anterior es compatible con el mensaje de esta viñeta, y con el hecho de que pocas veces en el medio está la virtud.

 


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