De viaje por la música y el cerebro
Cuando una melodía llega hasta nosotros, inicia un viaje por nuestro cerebro donde hay tiempo para el reconocimiento y la sorpresa, para el placer y la emoción. La música puede estimular un gran número de áreas cerebrales, pero además juega con los centros de recompensa del cerebro y provoca la liberación de dopamina. Sin que tengamos que pensar un minuto en todo ello, hay canciones que nos conquistan sin que lleguemos a entender por qué sucede. Cierra los ojos y escucha.

Escritor y periodista científico. MD, PhD
Este es el texto base de un artículo que fue publicado por Jesús Méndez en Tercer Milenio, suplemento de El Heraldo de Aragón y que recuperamos aquí.
Suena la canción I´m on fire, de Bruce Springsteen, esa en la que “el jefe” trabaja como mecánico en un taller de coches. De alguna manera siempre tuve una cierta fijación por ese tema en particular, a pesar de que su ritmo es más bien simple, no tiene la fuerza de otras y ni siquiera la letra es que revele ninguna verdad fundamental. Pero la escucho una y otra vez mientras me pregunto qué es lo que provoca dentro de mí, qué teclas pulsa, qué es lo que hace que pueda escucharla más de diez veces seguidas sin ninguna dificultad, sin hartarme de su melodía. Luego descubro que es uno de los ejemplos que se citan cuando se habla de temas con groove, un término sin traducción que hace referencia a la capacidad de una canción para avanzar, para contagiar al oyente en su progresión. Pero, ¿de qué depende? ¿Qué sucede para que el cerebro disfrute tanto con la música? ¿Tiene alguna utilidad aparte del mero placer?
Un lenguaje múltiple
Una de las definiciones clásicas de qué es la música es la del compositor Edgard Varèse, y supone también una de las más simples: “música es sonido organizado”. Pero para percibir esa organización el cerebro tiene que ser capaz de captar e interpretar todos sus atributos. Los sonidos no son simples vibraciones, sino que comprenden toda una serie de cualidades: intensidad, tono, ritmo, timbre y reverberación, entre otras. Y éstas se agrupan en conceptos de orden superior, como el compás, la melodía o la armonía. Cuando las notas de I´m on fire comienzan a sonar, sus sonidos son transformados por el tímpano en señales nerviosas que son conducidas al lóbulo temporal, justo detrás de nuestros oídos. Aquí se procesan y se interpretan todas estas cualidades. Una vez descifradas, las informaciones viajan hacia el lóbulo frontal, donde se reagrupan y se analiza si aparece alguna estructura entre todas ellas, es decir, si hay una organización. Como en este caso es así, la información viaja entonces hasta el hipocampo, una pequeña zona responsable de la memoria, buscando saber si esas notas ya las habíamos escuchado antes, en qué contexto, si los recuerdos son agradables o no. Todas esas asociaciones que la música puede provocar. Y aún hay más: si prestamos atención llegamos a la conclusión de que la música presenta características que también tiene el lenguaje: orden, estructura, complejidad, incluso contenido. Y de hecho, la música, especialmente en músicos profesionales, es capaz de activar las áreas cerebrales tradicionalmente relacionadas con el lenguaje, como son las áreas de Broca (habla) y Wernicke (comprensión). Todo un concierto cerebral donde aún faltan un par de piezas importantes, como son el baile y la emoción: cuando Bruce empieza a cantar me sorprendo siguiendo el ritmo con los dedos y los pies. Seguramente sea el cerebelo el responsable: al fin y al cabo es uno de los encargados de coordinar los movimientos, de que no nos tengamos que concentrar en cada paso al caminar por la calle. Pero además se ha visto que al escuchar música el cerebelo se activa especialmente, y que se encuentra muy conectado con los centros cerebrales de la emoción. Seguramente por eso la música esté tan ligada al baile. Pero, ¿cómo hace la música para emocionarnos? ¿qué reglas, si es que hay reglas, tiene que cumplir? Básicamente lo que hace es, como al conejo, ponernos la zanahoria delante de la boca.
La capacidad de sorpresa y la recompensa
La música es sonido organizado, pero tiene que incluir algo inesperado, porque si no se vuelve plana y previsible –las escalas están perfectamente organizadas, pero nadie pagaría por ir a escucharlas a un concierto-. Los compositores muestran una estructura para que nos familiaricemos con ella, pero luego, a partir de entonces, manipulan nuestras expectativas, nos ofrecen sorpresas, nos acercan y alejan la zanahoria. Ya hemos visto que la música puede estimular un gran número de áreas cerebrales, pero además juega con los centros de recompensa de nuestro cerebro y provoca la liberación de dopamina, como se ha visto recientemente. Y lo puede hacer de muchas maneras. Haydn, por ejemplo, usaba a menudo la cadencia engañosa. Una cadencia es una secuencia de acordes que suele terminar con la nota que se espera de la estructura. En la cadencia engañosa Haydn repite la secuencia una y otra vez, y cuando nuestro cerebro espera ya el colofón, suena un acorde que no esperábamos. En cierto modo es lo que hacen los magos: repiten una acción varias veces, como pasarse una moneda de una mano a otra y, en un determinado momento, nos sorprenden con algo que no imaginábamos: la moneda ha desaparecido o aparece en otro lugar. Es también lo que hacen los Beatles en “For No One”: la canción termina en un acorde inesperado y nos quedamos esperando una resolución que sólo llega con el inicio del siguiente tema de su álbum Revolver. Los Beatles nos manipulan también en “Yesterday”, en la que las frases tienen siete compases, y no cuatro u ocho como en la inmensa mayoría de la música pop. Y los Rolling Stones utilizaron variaciones en el timbre para violar expectativas, como la inclusión de violines en la canción “Lady Jane”, algo completamente inesperado y opuesto a los sonidos de las guitarras eléctricas o los ritmos de la batería. Los ejemplos son innumerables, pero no deben alejarse demasiado de una estructura, porque si no nuestro cerebro se perdería y no esperaría ninguna recompensa. O sí, y tal vez es un problema de habituación: Stravinsky y Schönberg usaron escalas especiales que no conceden margen a ningún tipo de expectación, y aunque todavía hoy son bastante incomprendidos, su reconocimiento es mucho mayor que en sus comienzos. Al fin y al cabo es lo que le sucedió a Bob Dylan cuando, ya siendo una estrella, incluyó guitarras eléctricas en uno de sus conciertos y fue completamente abucheado. O, yéndonos un poco más lejos, lo que sucedía con un determinado intervalo de notas –una cuarta aumentada, o el trayecto de do a fa sostenido-, que fue prohibido durante siglos por la Iglesia debido a su sonido disonante (se le llamó Diabolus in musica), pero acabó siendo ese en el que en West Side Story Toni canta el nombre de María. Seguramente haya estructuras que nuestro cerebro acepta de una forma más natural, pero también que la cultura puede modelar y ampliar muchas de esas tendencias. En cualquier caso, sigue quedando una duda pendiente: a pesar de lo que podemos disfrutar con la música: ¿sirve realmente para algo? ¿cumple una función y por eso se ha mantenido con los siglos? El debate está aún en el aire.
¿Para qué la música?
Steven Pinker es un conocido catedrático de psicología de Harvard. Hace unos años, durante una charla en Boston, dijo: “La música es la tarta de queso auditiva”. Tal cual. Lo que quería decir es que cosquillea partes importantes del cerebro, como la tarta lo hace en la boca, pero que no cumple ninguna función. Al fin y al cabo, y como hemos visto, puede activar zonas relacionadas con la emoción, la recompensa, el lenguaje, la audición o los movimientos. Puede ser muy placentera, pero no cumple ningún objetivo. Es lo que se conoce como un parásito evolutivo, un subproducto que aparece a partir de otras funciones que son las realmente importantes. A partir de entonces muchos científicos han buscado argumentos para rebatirle. Uno de ellos es que la música funciona como medio de cortejo sexual: los cantantes de rock suelen ser símbolos sexuales, y aunque el razonamiento puede ser un poco débil, en las danzas tribales los líderes suelen ser los que mejor bailan, y realmente el que canta en los campamentos con su guitarra tiene bastante terreno ganado… Otro argumento es que la música se ha perpetuado en el tiempo, cosa que no suele suceder con aquello que resulta prescindible. También que la música sirve como medio de vinculación social, que fomenta el desarrollo cognitivo o incluso que las vocalizaciones de los pájaros estimulan la ovulación en las hembras. Pero el debate sigue ahí.
Con Borges y Bruce
Y mientras el debate sigue recuerdo lo que decía Borges: que todas las artes aspiran a la condición de música, porque en ella la forma es fondo. Luego vuelvo a escuchar I´m on fire y leo lo que de ella dijo Debby Bull, un crítico americano: la manera en que el grupo se queda tan sólo en un ligero repiqueteo de batería, un órgano tenue y unas tranquilas notas de guitarra hacen que su deseo parezca siniestro: te imaginas a alguien picado de viruela estirado en la cama, demasiado nervioso como para poder dormir, en la habitación de un motel. Y pienso que es justamente eso, que no sé si es sólo la forma y no sé si útil pero que no me ha hecho falta la letra para saber que era justamente eso, para saber que quiero escucharla al menos una vez más.
Apartados al margen:
Apartado 1:
La musicoterapia y el fallido efecto Mozart:
En 1993 la revista Nature publicó un artículo en el que se afirmaba que escuchar la música de Mozart durante diez minutos al día aumentaba la inteligencia. Su anuncio supuso una revolución, y muchos padres e incluso gobiernos invirtieron tiempo y dinero en tratar de que bebés y estudiantes escucharan la música del compositor austriaco. Sin embargo, ningún estudio fue capaz de reproducir sus resultados, y un nuevo artículo publicado recientemente y en el que se evaluaron los resultados de muchos más voluntarios terminó de echar por tierra la teoría. Sin embargo, sí parece haber más evidencias de que aprender a tocar un instrumento musical mejore ciertos patrones de la inteligencia. Y la musicoterapia, aunque no nos haga más listos, parece que puede ser eficaz en el cotratamiento de enfermedades como la depresión, el Parkinson, trastornos de ansiedad, el autismo o incluso como complemento a técnicas de anestesia.
Apartado 2:
Curiosidades neurológicas… y musicales.
Sinestesia significa “fusión de los sentidos”, y es el término que se emplea cuando, por ejemplo, los sonidos musicales se perciben literalmente como un color, o incluso como un sabor. Así, hay algunas personas para las que el tono de Re mayor es azul o para las que un intervalo de tercera menor sabe salado. Además, en una alta proporción estas personas presentan también oído absoluto, o la capacidad de saber cuál es cada nota sin necesidad de ninguna referencia (cualidad que presentaba, entre otros, Michael Jackson). La música se ha relacionado también con fenómenos epilépticos, y en los dos sentidos. Hay personas con epilepsias recurrentes del lóbulo temporal que antes, o incluso durante los ataques oyen fragmentos musicales con gran nitidez. O a la inversa, en ciertos casos determinados tipos de música son capaces de desencadenar crisis epilépticas. Y ciertas patologías pueden resultar incluso beneficiosas para la composición: ya se sabe que Beethoven escribió sus mejores obras siendo ya sordo, probablemente porque era capaz de concentrarse aún más en la estructura. Pero no sólo eso: durante años se contaba que Shostakovich, tras el asedio de Leningrado, tenía fragmentos de metralla alojados en el lóbulo temporal, y que oía nuevas melodías al inclinar la cabeza. Luego se supo que era una leyenda. Pero sí fue real lo que le ocurrió a Ravel, quien desarrolló una demencia frontotemporal que le impedía pensar en símbolos abstractos y, por tanto, escribir música. Justamente entonces fue cuando compuso su Bolero, que no es más que la repetición de una misma frase musical. Lo más simple que hizo fue aquello por lo que más se le recordará.
Apartado 3:
Por qué tenemos dos oídos, las escalas y el muro de sonido
Si nos tapamos un ojo el mundo aparece prácticamente plano, carente de perspectiva. Si tenemos dos oídos, al igual que tenemos dos ojos, no sólo es por una cuestión de simetría. Es lo que permite que captemos una cualidad infravalorada pero de enorme importancia en la música: la localización espacial, la profundidad. Los búhos son capaces de crear todo un mapa del entorno a través de sonidos. Aunque nosotros no somos tan refinados, valoramos mucho esta cualidad, y de hecho la intentamos realzar cuando usamos el surround en los equipos de música. Pero además, como explica Javier Sampedro en su libro “El siglo de la ciencia”, las escalas irregulares que se emplean en la música, y que están basadas en las escalas pitagóricas, favorecen que el cerebro interprete la música como una escena tridimensional. Y otra cualidad que otorga profundidad es la reverberación. De eso se dio cuenta el productor Phil Spector, que en los años 60 desarrolló una técnica conocida como “muro de sonido” y que se basaba en acompañar la melodía principal con un sinfín de voces e instrumentos que se grababan tras pasar por una cámara de eco. Eso es lo que le daba una cualidad tan especial, emocionante y profunda a canciones como “Then he kissed me”, de The Crystals, a algunos temas de Tina Turner y los Beatles o a la banda sonora de la película “Malas calles”, de Martin Scorsese.