No pienses en el elefante de la crisis climática (lenguaje y debate político)

El 17 de mayo, el periódico inglés ‘The Guardian’ actualizó su guía de estilo: ahora recomienda no usar el término ‘cambio climático’, sino ‘crisis’ o ‘emergencia climática’; sustituir la expresión ‘escépticos del clima’ por ‘negadores de la ciencia del clima’. ¿Es importante el lenguaje? ¿No es una menudencia frente a la realidad, ese bloque ajeno y objetivo?
Vaya si es importante.

Este artículo es una colaboración con Tercer Milenio, suplemento del Heraldo de Aragón, donde fue publicado originalmente.

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Cada 5 de junio se celebra el Día Mundial del Medio Ambiente. Unas semanas antes del de este año, el 17 de mayo, el periódico inglés The Guardian actualizó su guía de estilo: ahora recomienda no usar el término “cambio climático”, sino “crisis o emergencia climática”; sustituir la expresión “escépticos del clima” por “negadores de la ciencia del clima”.

¿Es importante el lenguaje? ¿No es una menudencia frente a la realidad, ese bloque ajeno y objetivo?

Vaya si es importante. En el correo que recibieron los redactores aseguran que “el objetivo es reflejar con precisión el fenómeno que se describe. El término ´cambio climático´ suena demasiado pasivo y amable cuando de lo que los científicos están hablando es de una catástrofe para la humanidad”. Erica Buist, una colaboradora del mismo periódico recuerda su valor con otros ejemplos a evitar, como cuando se dice que una persona “admite” ser gay, sugiriendo que “ser gay es algo incorrecto o vergonzoso”. Y recupera aquel irónico tuit del escritor y productor de la serie Modern Family: “Siempre me sorprende lo diferentes que son mis hijas gemelas. Lisa es mucho más segura y positiva que su hermana Cara de Cerdo”.

Ahí está la pescadilla, el círculo, la profecía autocumplida. El nombre, muchas veces, construye y guía nuestra realidad.

Protesta en contra de la crisis climática en Fráncfort (Alemania) EFE / Armando Babani

Para el lingüista George Lakoff, el lenguaje es tan importante que “para pensar distinto hay que hablar distinto”. Lakoff es el principal exponente de la teoría del marco, de la importancia de esas estructuras mentales que moldean nuestra visión del mundo. Su libro más conocido es No pienses en un elefante. Lenguaje y debate político”. El título es un ejemplo incontestable de cómo, cuando negamos un marco, también lo estamos evocando. Trate de no pensar en un elefante y verá la imagen que se le aparece. O intente no pensar en un delincuente mientras escucha el mensaje de Nixon tras el Watergate, ese en el que dijo a todo Estados Unidos por televisión que no, que él no era un delincuente.

Los marcos —construidos desde la comunicación— no se basan demasiado en los hechos, sino que se dirigen a exaltar la identidad y las emociones, y las fuerzas más conservadoras los han usado y construido para forjarse y normalizar un supuesto “sentido común”. Lakoff explica cómo, tras la guerra de Vietnam, empezaron a invertir millones de dólares en formar intelectuales, en darles oportunidades en los medios y en fundar toda una serie de think tanks, laboratorios de ideas para dirigir la comunicación y crear los marcos apropiados para sus mensajes, para instalar una verosimilitud dominante. Algunos ejemplos de sus hallazgos son el nombre del Tratado de Libre Comercio (¿libre especialmente para quién?), la construcción “impuesto a la muerte” en lugar de impuesto de sucesiones o el término “alivio fiscal” para hablar de la reducción de impuestos. La bajada impositiva puede suponer un freno a la redistribución y una mayor vulnerabilidad del débil, pero “cuando a la palabra fiscal se le añade ´alivio´, el resultado es una metáfora: los impuestos son una desgracia; la persona que los suprime es un héroe, y quienquiera que intente frenarlo es un mal tipo. Esto es un marco”. Los progresistas, dice Lakoff, se encuentran entonces en un estado de “hipocognición”, no tienen un marco sencillo para rebatirlo y necesitan explicaciones elaboradas. Eso, en comunicación, es una catástrofe.

No pienses en un elefante / G. Lakoff / Ed. Península

Esos mismos laboratorios guiaron la comunicación de la guerra de Irak y también la del cambio climático. Lo explica Lakoff y se puede ver en El vicio del poder, la película sobre el exvicepresidente de los Estados Unidos Dick Cheney. Generaron hasta el 92% de las publicaciones sobre el cambio climático, crearon dudas sobre su existencia real, compraron a científicos como habían hecho antes para negar la relación del tabaco con el cáncer, guiaron la comunicación y extendieron el término frente al mucho más alarmista “calentamiento global”.

Estas fueron fueron algunas de las recomendaciones en 2002 a George Bush —que las siguió con fervor— de parte de la consultora de Franz Luntz, uno de los adalides en estas técnicas. El documento se titulaba: “Medio Ambiente: una América más limpia, segura y sana”. Decía: “Es hora de que empecemos a hablar de cambio climático en lugar de calentamiento global. Cambio climático es menos aterrador. Como dijo un participante en uno de los grupos de debate, suena como si fueras de Pittsburgh a Fort Lauderdale. Mientras que el calentamiento global tiene asociadas connotaciones catastróficas, cambio climático sugiere un reto más controlable y menos emocional”.

Hace tiempo que se esfumaron las pocas dudas que podía haber sobre la “crisis climática” y el papel humano en ella. Ahora resulta esencial saber cómo comunicarlo con eficacia. Se habla de que sería preferible usar un mensaje positivo en lugar de catastrofista, resaltar las ventajas de la conservación y las renovables. Para eso no sería tan necesario el cambio de nombre, quizás. Pero al menos, si algunos quieren seguir negándolo, que tengan que negar una crisis y no un cambio.

A ver si así, de una vez, hacemos entrar al elefante en la habitación.

Publicado por Jesús Méndez

Escritor y periodista científico. MD, PhD

  1. […] no recuerdo mal, en junio leí este genial artículo de nuestro compañero Jesús Méndez (Dixit Ciencia) en El Heraldo de Aragón […]

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