Elecciones generales: las ideas, la culpa y la vergüenza posmodernista

En muchas ocasiones, y a pesar de las evidencias, los poderosos no muestran indicio alguno de sentirse culpables por sus hechos y/o usan su poder para evitar el castigo. Huyen de la culpa, que es la forma en que la mayoría de las culturas occidentales, individualistas, imponen su comportamiento moral. El sentimiento de vergüenza, mucho más típico de las sociedades orientales, parece especialmente útil en estas situaciones. Es una vergüenza posmodernista renacida, con sus ventajas y peligros.

Este artículo es una colaboración con la sección ´Aquí hay ciencia´ de Tercer Milenio, suplemento del Heraldo de Aragón, donde fue publicado originalmente. 

*

Cuando lea esto ya se habrán celebrado las elecciones generales del 28 de abril. Entre posturas ideológicas, tácticas electorales, campañas más o menos acertadas de comunicación (más o menos elegantes, ridículas o estrafalarias) laten o habrán latido continuamente asuntos personales o de partido más o menos ciertos, censurables o bochornosos, corrupciones silenciadas pero establecidas, tesis o másteres dudosos, debates de bazar y chiringuito, ideas temerarias, mentiras más o menos constantes y constatables.

Y la pregunta de cómo hacer que los hechos sucedidos tengan sus correspondientes repercusiones.

Casualidad o atención selectiva, o ejemplo práctico del “todo está en todo”, quien escribe está leyendo “Compórtate”, del antropólogo Robert Sapolsky y publicado en español por la editorial Capitán Swing. Un libraco de más de 900 páginas tratando de explicar por qué nos comportamos como nos comportamos —lo que incluye también acercarse a por qué votamos lo que votamos, o por qué censuramos lo que censuramos—. Entre otros temas está el de los orígenes de la moral y su regulación, hasta qué punto es natural (biológica) y hasta qué punto cultural (aprendida). Un resumen brutal sería decir que hay parte y parte. Una explicación breve necesita la comparación entre culturas colectivistas, como las de muchas regiones del Asia Oriental, y culturas individualistas, como la mayoría de las occidentales.

Las primeras se basan en la interdependencia, y son las necesidades del grupo las que guían el comportamiento. Las segundas destacan la autonomía, el logro personal, las necesidades y derechos del individuo. Sus repercusiones son tan cerebralmente íntimas que afectan incluso a la forma en que rastreamos una foto y a lo que recordamos de ella, por ejemplo la de una persona en el centro de una escena compleja. Los occidentales nos fijamos primero en el centro de la imagen y recordamos especialmente a la persona que la protagoniza. Los ojos de los orientales hacen un barrido de la escena completa y recuerdan la imagen de una forma más holística y general.

A nivel moral, las culturas colectivistas y las individualistas se diferencian en la forma en la que imponen el comportamiento: las primeras lo hacen utilizando la vergüenza, mientras que las segundas utilizan la culpa. Y la primera en señalarlo fue la antropóloga Ruth Benedict, en 1946.

“En el sentido con el que es utilizado por la mayoría de los expertos de este campo, la vergüenza está producida por el juicio externo del grupo, mientras que la culpa es debida al juicio interno del individuo”, escribe Sapolsky. “La vergüenza requiere un público, es algo que tiene que ver con el honor. La culpa es para las culturas que valoran la privacidad y tiene que ver con la conciencia (…); la culpa efectiva requiere el respeto por la ley (…). La vergüenza es cuando todo el mundo dice: ´Ya no puedes vivir con nosotros´; la culpa es cuando usted dice: ¿Cómo voy a vivir con esto?

Y sigue: “Desde el momento en que Benedict presentó este contraste ha habido una opinión general de autocomplacencia en Occidente respecto a que la vergüenza es algo más primitivo que la culpa, ya que Occidente ha dejado atrás las orejas de burro, los azotes públicos y las letras escarlatas. La vergüenza es el pueblo; la culpa es la internalización de reglas y leyes. Sin embargo, Jennifer Jacquet [científica que publicó el libro sobre esta cuestión Is shame necessary? (¿Es necesaria la vergüenza?)] argumenta convincentemente que el sentimiento de vergüenza en Occidente sigue siendo útil, proponiendo que ha renacido en una forma postmodernista. Para ella, pasar vergüenza es algo especialmente útil cuando los poderosos no muestran indicio alguno de sentirse culpables y evitan el castigo”.

¿Le suena familiar?

Y prosigue: “No nos faltan ejemplos de dicha evasiva en el sistema legal estadounidense, en el que uno se puede beneficiar por tener la mejor defensa que el dinero o el poder pueda comprar; sentirse avergonzado suele caer en ese vacío”.

(¿Solo allí?)

En cualquier caso, los antropólogos han encontrado que desde hace miles de años, “alrededor de dos tercios de la conversación diaria es chismorreo, siendo además la mayoría del negativo. Y el chismorreo (con el objetivo de avergonzar) es un arma de los débiles contra los poderosos”. Es, en cierto modo, un medio de control del poder.

(¿Puede llegar a ser el periodismo una forma de chismorreo?)

Pero atención: el chismorreo “siempre ha sido rápido y barato y lo es infinitamente más ahora, en la era de internet”, de ahí que “aparte del bien potencial obtenido del hecho de causar vergüenza, Jacquet también hace hincapié en los peligros actuales de esa actitud, concretamente la ferocidad con la que la gente puede ser atacada online y la distancia que puede recorrer ese veneno… en un mundo en el que odiar anónimamente al pecador parece mucho más importante que el pecado en sí mismo”.

Nada es del todo simple o sencillo.

Tampoco lo es que la culpa o la vergüenza atañen a las personas, pero también pueden hacerlo a las ideas.

Que vote (o haya votado) bien.

Publicado por Jesús Méndez

Escritor y periodista científico. MD, PhD

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *