´Border´ y las feromonas: oler la culpa

Las feromonas son un canal invisible de comunicación entre miembros de una misma especie. Resultan clave en animales como las hormigas, las abejas o los ratones, pero ¿existe también entre los seres humanos ese intercambio de señales? Aunque no hay pruebas definitivas, los investigadores mantienen una «mente abierta».

Este artículo es una colaboración con la sección ´Aquí hay ciencia´ de Tercer Milenio, suplemento del Heraldo de Aragón, donde fue publicado originalmente. 

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Hay una agente de aduanas que tiene el talento justo y perfecto para su trabajo. Se llama Tina, y su don es el de detectar lo que resulta invisible hasta para el más sofisticado escáner: Tina huele la culpa, la vergüenza o el remordimiento. “Y después aplica el sentido común”.

Ella es la protagonista de la película ´Border´, seleccionada por Suecia para los Oscar y nominada finalmente al mejor maquillaje. En una mezcla de explicación científica y oscuro folclore, la causa de su particular aspecto y de su talento oscila entre un defecto cromosómico y la asunción de ser un trol, una especie más allá de la humana en conexión particular con la naturaleza. Y que, en su caso, la ha dotado con un sentido tan especial que parecería uno casi completamente nuevo y diferente. Un olfato que detecta comportamientos.

¿Existe algo así en la realidad? Algo hay que al menos lo recuerda: las famosas feromonas, un canal de comunicación entre especies invisible pero crucial para ellas. Un canal cuya existencia algunos proclaman también entre los humanos, con productos que pululan en las páginas de Internet como perfumes de indudable éxito sexual.

Las feromonas, un lenguaje oculto

Como con tantas otras cosas, no hay una definición exacta de lo que es una feromona, pero esta es la que se acepta: “una señal química liberada por un ser vivo que induce efectos específicos en otros miembros de la misma especie”. Son claves en insectos como las hormigas, donde las exploradoras marcan “mapas químicos” que orientan hacia las fuentes de alimento; o en las abejas, donde sirven como señal de alarma o de control social por parte de la reina: sus feromonas mantienen al enjambre “tranquilo” e incluso inhiben el desarrollo de los ovarios en las obreras.

Eero Milonoff y Eva Melander, en un fotograma de la película ‘Border’Meta Spark, Kärnfilm

También son importantes en muchos mamíferos. En los ratones, por ejemplo: median la agresión entre machos o la atracción sexual entre machos y hembras. La presencia de los primeros, además, induce el ciclo reproductivo de ellas e incluso acelera su pubertad en lo que se conoce como “efecto Vandenbergh”.

¿Y en los humanos?

Lo primero que hay que decir es que el sentido del olfato en los humanos parece haber sido injustamente menospreciado. Investigaciones recientes sitúan nuestra capacidad en el grupo medio de los mamíferos, superior a la de los ratones y mejor que la de los perros en determinadas áreas, como la de detectar sustancias del vino. (Sin desmerecer a los perros, que pueden ser entrenados para detectar incluso moléculas que se producen en algunos tipos de cáncer).

Pero eso no significa que podamos detectar feromonas. Que seamos capaces de hacer identificaciones con el olfato no quiere decir que determinadas sustancias nos provoquen reacciones similares a todos como especie. En los mamíferos, la mayor parte de las feromonas parecen actuar a través del llamado órgano vomeronasal, una especie de segundo sentido del olfato que en los humanos se supone localizado en la parte baja y profunda del tabique de la nariz.

Se supone porque no ha sido rotundamente confirmado. Algunos afirman que puede encontrarse en algunas personas, pero en general se asume que es un órgano evolutivamente atrofiado. Eso no quita para que haya quien defienda el influjo de las feromonas. El argumento más conocido es el de los estudios de Martha McClintock, que en 1971 propuso que las mujeres que vivían juntas tendían a sincronizar sus ciclos menstruales. Y que en 1998 pareció demostrarlo al dar a oler a voluntarias compuestos procedentes del sudor de la axila de otras. Sin embargo, los estudios han tenido muchas críticas, muchas veces no han conseguido reproducirse e incluso no ha podido observarse en poblaciones como las mujeres dogones de Mali, que se juntan con la menstruación. Del mismo modo, no hay pruebas sobre el funcionamiento de las cuatro feromonas que suelen venderse por Internet, y muchos expertos piden hacer un reset en la investigación.

Porque, aun así, su existencia y papel no están descartados. Ron Yu, investigador de este tipo de moléculas en ratones, decía a la revista The Scientist: “Todavía tengo una mente abierta sobre si las feromonas humanas existen. Pero, simplemente, no encuentro convincentes ninguno de los estudios que se han publicado”. Tristram Wyatt —que estudia la evolución de las feromonas en la universidad de Oxford— tiene un candidato, y está en relación con la lactancia: las madres que dan el pecho producen una sustancia a través de las glándulas de la areola, alrededor del pezón. “Si esa secreción, tomada de cualquier madre, se pone bajo la nariz de un bebé que duerme, este parece responder con un comportamiento de succión y de búsqueda del pezón, lo que abre la posibilidad de encontrar una o varias moléculas de estímulo común”. Porque “históricamente, la investigación con feromonas humanas se ha centrado en las feromonas sexuales, pero el sexo puede no ser el lugar adecuado para mirar en primer lugar. Los recién nacidos, en cambio, tienen la ventaja de que su comportamiento es el menos influenciado por el aprendizaje y las diferencias culturales”.

Somos complicados.

Publicado por Jesús Méndez

Escritor y periodista científico. MD, PhD

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