Margarita Salas: “No hace falta ser un genio para ser buena científica, yo soy una persona normal”

Es un icono de la investigación en España. La que fuera discípula de Severo Ochoa en la década de los 60 acaba de cumplir 80 años y sigue yendo cada día al laboratorio. Hablamos de sus descubrimientos y patentes, de la discriminación por género y por edad, y de las condiciones de la ciencia actual. Sus palabras son un pedazo de historia de la ciencia.

Esta entrevista es una colaboración con la Agencia Sinc, donde fue publicada originalmente.

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Es uno de los referentes de la ciencia en España. Discípula de Severo Ochoa en su laboratorio de Nueva York, retornó en los años 60 a España para introducir el incipiente campo de la biología molecular. Margarita Salas (Canero, Asturias, 30 de noviembre de 1938) descubrió algunos de los secretos del ADN, desarrolló la patente más exitosa en la historia del CSIC y ahora, recién cumplidos los 80 años, sigue trabajando en su laboratorio del Centro de Biología Molecular Severo Ochoa, en Madrid. De afrontar dificultades por su género ha pasado a lidiarlas a causa de su edad, asegura.

Hace unos días pronunció la conferencia que cerraba el CNIC-PhDay, un evento organizado por los estudiantes de doctorado del Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares. Hablamos no sin antes esperar a que muchos de los estudiantes, nerviosos, aprovechen para hacerse una fotografía con ella.

Supongo que no le pedirán tantas fotos por la calle.

No, no, por la calle no me paran [sonríe].

Me gustaría empezar hablando de su investigación. Siempre se menciona el descubrimiento y las aplicaciones de la polimerasa que patentó, pero ha hecho muchas más cosas. ¿De cuáles se siente especialmente orgullosa?

Bueno, conocer la dirección de lectura del código genético ha tenido muchas implicaciones. Según fuera esa dirección de lectura, el mensaje del ADN y las proteínas serían distintas. También descubrimos cosas muy importantes sobre la fabricación de proteínas. Todo eso lo hicimos durante mi estancia en el laboratorio de Severo Ochoa en Nueva York, de la que estoy muy orgullosa. Ya de vuelta en España descubrimos una proteína unida al ADN, necesaria para que este pueda duplicarse.

Junto a su marido, el también investigador Eladio Viñuela, estuvo tres años en Nueva York con Severo Ochoa. ¿Por qué decidieron volver?

Bueno, consideramos que ya habíamos aprendido la biología molecular que queríamos desarrollar y enseñar aquí en España. Quisimos volver para introducirla aquí.

Ahora sí, sobre la polimerasa. Es una proteína de un virus que infecta bacterias (el fago Phi29) y que permite duplicar el ADN. ¿Cuáles son sus principales características?

Sobre todo, que una vez que empieza a funcionar, continúa hasta el final de la cadena del ADN y es capaz de abrir la doble hélice al avanzar. Se usa para estudios forenses y arqueológicos, y en general para la secuenciación de genomas humanos.

En 1993, el Premio Nobel de Química fue concedido a Kary B. Mullis por el desarrollo de la PCR, otra técnica de amplificación del ADN, en este caso para regiones concretas. ¿Cree que usted también podría merecerlo?

No, el Nobel ya se lo dieron y ya no habría lugar. Pero bueno, nuestra técnica fue también muy importante y lo sigue siendo. La diferencia es que con la nuestra no se necesita saber la secuencia original y permite amplificar genomas enteros.

Hablando de premios y de España, la técnica de edición CRISPR suena como un casi seguro Nobel en los próximos años. Si se concede, ¿cree que merecería ser incluido Francis Mojica, el científico alicantino que dio pie a esta revolución, aunque él no participara directamente en el desarrollo de la técnica?

Yo creo que sí, que deberían incluirlo. Al fin y al cabo él fue el padre, incluso quien le dio el nombre a CRISPR.

¿El descubrimiento de “su” polimerasa y de sus características tan particulares podía preverse o fue una suerte de serendipia?

Sí, sí lo fue. Nosotros elegimos el fago Phi29 porque era un virus pequeño y accesible, más fácil para estudiarlo aquí en España, que era un desierto científico. Encontramos cosas que no esperábamos: por ejemplo, las propiedades que la hacen tan especial para sus aplicaciones. Yo siempre digo que, en realidad, tuve suerte con la elección.

¿Hasta qué punto entonces el científico es genio, suerte o trabajo?

Bueno, para tener suerte tienes que estar trabajando, aunque el trabajo no siempre te la asegure.

MARGARITA EN EL LABORATORIO

Salas trabajando en el laboratorio. / L’Oréal-Unesco For Women in Science

Las aplicaciones de la polimerasa generaron más de 6 millones y medio de euros en royalties hasta 2009, cuando la patente expiró. Es la patente más rentable de la historia del CSIC. Algunos sostienen que eliminar las patentes beneficiaría la innovación. Otros, como Mariana Mazzucatoque los Estados deberían participar de ellas, ya que la mayor parte de la investigación se hace con dinero público. ¿Qué opina?

Bueno, en nuestro caso el propietario de la patente es el CSIC y los royalties se reparten así: la tercera parte se la queda el propio CSIC, otra tercera parte va para las cuatro personas que figuramos como inventores y, del resto, una parte va al centro en el que yo trabajo (el Centro de Biología Molecular Severo Ochoa) y otra al laboratorio. Yo creo que las patentes dependen de quién haya financiado la investigación, pero en general me parece que el sistema está funcionando bien.

El fago Phi29 sigue dando de sí, ¿verdad?

Sí. Por ejemplo, en los últimos años hemos desarrollado una quimera de la polimerasa (una versión optimizada) que la hace más estable y que funciona con cantidades de ADN más pequeñas. Esto ha dado lugar a una nueva patente.

En alguna entrevista ha mencionado que antes se sentía discriminada por su género y que ahora siente algo parecido por su edad…

Bueno, cuando yo era joven a las mujeres no se nos consideraba capacitadas para investigar. Incluso mi director de tesis, Alberto Sols, era muy machista. Aunque después se convirtióRecuerdo cuando volví de Estados Unidos y me dieron el premio Severo Ochoa de la fundación Ferrer. En esa comida se levantó y comentó: “Cuando Margarita vino a pedirme trabajo para hacer la tesis doctoral pensé: ‘Bah, una chica. Le daré algo sin importancia, porque si no lo saca adelante no importará”. Esa era la mentalidad en el año 1961. Ahora es distinto. Estoy muy bien considerada, pero también me encuentro con dificultades.

Por la edad.

Sí. Yo estoy oficialmente jubilada, lo que pasa es que tengo un nombramiento del CSIC de profesora Ad Honorem. Eso es lo que me permite seguir trabajando, pero hay limitaciones. Por ejemplo, no puedo ser investigadora principal para determinadas entidades financiadoras. Los que estamos en esta situación nos encontramos en un limbo.

Cuando usted y su marido fueron al laboratorio de Severo Ochoa, él les separó en dos proyectos diferentes. Les dijo que “al menos así aprenderían inglés”.

Sí, yo creo que Ochoa lo que quería es que cada uno desarrollase su propia investigación. Fue una manera elegante de hacerlo. Yo en su laboratorio no sentí ninguna discriminación por el hecho de ser mujer. Él me trataba como persona.

Usted ha rechazado siempre la comparación que le han hecho con Marie Curie. Es curioso, porque se ha nombrado como el síndrome de Madame Curie al sesgo por el cual las mujeres piensan que deben ser extraordinariamente brillantes para poder competir en un mundo de hombres.

Sí. Yo creo que no hace falta ser un genio para ser buena científica. Yo me considero una persona absolutamente normal.

Usted es optimista sobre el acceso de las mujeres a la ciencia. Alguna vez ha dicho que el movimiento es imparable. ¿Cree que basta con dejar que evolucione o debemos hacer algo más para favorecerlo?

Yo no quiero cuotas, no quiero que a las mujeres se nos dé nada por el hecho de ser mujeres. Que se nos dé si lo valemos, pero que no se nos quite por el hecho de serlo.

Pero hay una discriminación invisible: en la presencia en los cargos más altos, en los salarios a igualdad de plaza… (…)

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Seguir leyendo el resto de la entrevista aquí, en Agencia Sinc.

Publicado por Jesús Méndez

Escritor y periodista científico. MD, PhD

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