Galileo mintió mucho antes de retirar su tesis

Un descubrimiento casual en una biblioteca de Londres parece confirmar que, muchos años antes de que Galileo se arrodillara ante la Inquisición, el astrónomo había mentido ya.

Este artículo es una colaboración de Jesús Méndez con la sección Aquí hay Ciencia de Tercer Milenio, suplemento del Heraldo de Aragón, donde fue publicado originalmente.

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Cuatro siglos antes del nuestro, las tesis (o los Trabajos de Fin de Máster) ya daban problemas. Más allá de posibles plagios, convalidaciones estrepitosas, tribunales fantasma, ausencias y tratos de favor hubo, como sucedió con Galileo, capitulaciones por sobrecualificación. Un descubrimiento casual en una biblioteca de Londres acaba de decirnos además que, muchos años antes de que se arrodillara ante la Inquisición, el astrónomo había mentido ya.

El 22 de junio de 1633 Galileo se retractó de su más famosa teoría, esa que daba cuenta —siguiendo al mucho más discreto Copérnico— de que la Tierra giraba alrededor del sol y no al revés, como afirmaban la Iglesia y la más humana intuición. Parece que ni siquiera salvó parte de su dignidad con el susurro aquel de “eppur si muove” (“y sin embargo se mueve”), que la frase es más bien un mito sobreañadido. Pero sí salvó la vida: la herejía podía traer como condena la muerte en la hoguera.

(El juicio no fue tampoco una cuestión exacta de bueno y malos: Galileo no había conseguido demostrar ciertas contradicciones de su teoría y no toda la Iglesia se oponía de forma frontal. Se cree que tuvo más que ver con su ataque al papa Urbano VIII, al que hizo pasar por “Simplicio” en su libro más famoso y que había escrito un año antes del juicio.

Pero eso es otro tema).

Veinte años antes había enviado una incendiaria carta a su amigo el matemático Benedetto Castelli. En ella aseguraba que la Biblia no debía leerse de forma literal, que simplificaba la realidad para que pudiera ser entendida por la gente común. Que las autoridades religiosas no tenían competencias suficientes para juzgar su veracidad y, entre todo ello, que el modelo de Copérnico no era incompatible con lo que en ella se decía.

Un auténtico lodazal, menos renacentista que tardomedieval.

Una copia de esa carta fue enviada a la Inquisición dos años después por Niccolò Lorini, un fraile benedictino. Ante el peligro, Galileo aseguró que la carta de Lorini había sido falsificada, se quejó de la “maldad e ignorancia de sus enemigos” y les adjuntó una versión más suave y matizada, asegurando que esa era la original.

Pero, ¿cuál era en realidad la original?

Durante siglos el misterio se mantuvo, no había rastro del primer manuscrito y era un asunto de “una palabra contra la otra” (la palabra de Lorini y de la Inquisición contra la de Galileo).

Casi cuatrocientos años después, en lo que puede ser la base para una película de arqueología documental, el asunto puede haber quedado resuelto.

Fragmento de la carta original “editada” por el propio Galileo

El 2 de agosto de este año, Salvatore Ricciardo —un investigador post-doctoral en historia de la ciencia— se lo pasó en la biblioteca de la Royal Society de Londres. No buscaba el manuscrito original sino algo bastante menos ambicioso: comentarios hechos a mano por lectores históricos de las cartas de Galileo. Por pura casualidad abrió un documento mal fechado y se encontró una carta de 1613 firmada así: G.G.

Era la carta, pero aderezada con tachones y correcciones. Como dicen en la revista Nature, que ha dado a conocer la historia, “había estado oculta a simple vista”, cual carta robada de Edgar Allan Poe. Como dice Ricciardo: “No podía creer que hubiera descubierto la carta que prácticamente todos los estudiosos de Galileo pensaban que se había perdido”.

Se sabía que Castelli se la había devuelto a Galileo, lo cual cuadra con el hallazgo. El descubrimiento muestra es que este la usó de plantilla para suavizarla, para “desinflamarla” y luego reenviársela ya corregida a la Inquisición. Las pruebas que se han hecho (a falta de que se publique el estudio definitivo) parecen confirmar que se trata de su letra original, que donde al principio se refería a “falsedades” de la Biblia las sustituye por proposiciones que “parecen diferentes a la verdad”, o que cuando decía que las escrituras “encubrían” la realidad lo cambia para decir más suavemente que “velan” lo real.

Es decir, aunque tímidamente, Galileo se autocensuró veinte años antes de arrodillarse histórica y definitivamente. Pero, sobre todo, lo que ahora parece haberse confirmado es que también mintió.

¿Dimita, señor Galileo?

Publicado por Jesús Méndez

Escritor y periodista científico. MD, PhD

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