Notice: wpdb::prepare se llamó incorrectamente. La consulta no contiene el número correcto de marcadores de posición (2) para el número de argumentos facilitado (3). Por favor, visita Depuración en WordPress para más información. (Este mensaje se añadió en la versión 4.8.3.) in /usr/home/dixitciencia.com/web/wp-includes/functions.php on line 4138 Aquí hay ciencia / ¿Hay algo independiente en la naturaleza? – Dixit

Aquí hay ciencia / ¿Hay algo independiente en la naturaleza?

¿Hay algo independiente en la naturaleza? O, casi mejor, ¿tiende la naturaleza a la independencia? (Esta historia está basada en hechos reales). (Dicho lo cual, cualquier parecido con la actualidad es arbitrario. Lea y asocie bajo su propia responsabilidad).

Este artículo es una colaboración con la sección ´Aquí hay ciencia´ de Tercer Milenio, suplemento del Heraldo de Aragón, donde fue publicado originalmente.

*

¿Hay algo independiente en la naturaleza? O, casi mejor, ¿tiende la naturaleza a la independencia?

(Esta historia está basada en hechos reales).

(Dicho lo cual, cualquier parecido con la actualidad es arbitrario. Lea y asocie bajo su propia responsabilidad).

La teoría del caos

Estará harto de oír hablar de la teoría del caos, esa por la que el vuelo de una mariposa en Tokio es capaz de desatar un huracán en Nueva York. En realidad, es la reformulación meteorológica y matemática de un proverbio chino, según el cual “el vuelo de una mariposa puede sentirse al otro lado del mundo”. Caos puede referirse a desorden, pero aquí recoge su otra acepción: se refiere a lo impredecible.

Impredecible porque, según la teoría, ligerísimas variaciones en la situación inicial pueden dar lugar a resultados radicalmente diferentes en la situación final. Resultados a veces desproporcionados y que, en esencia, no se pueden prever con exactitud. Por ejemplo: adivinar si lloverá la próxima semana. Por ejemplo: saber cómo afectará al mundo un resfriado del presidente Trump. Y esto aunque cada punto de la secuencia incluya una causa-efecto, aunque cada punto individual parezca predecible, lineal, aunque cada uno siga una lógica determinista.

Todo se encuentra tan entrelazado que, paradójicamente, se vuelve casi inasible.

Punto, al menos en la base, contra la independencia.

(¿1-0?)

La termodinámica y el desorden

La segunda ley de la termodinámica es el asidero de los desordenados.

Y, a veces, el desorden es el refugio de los creativos.

En esencia, lo que la segunda ley dice es que, siempre que se produce una transformación, la cantidad de desorden (de entropía, en la jerga) nunca puede disminuir. O se mantiene o, en la mayoría de los casos, aumenta. Una de sus formulaciones es esta: “La cantidad de entropía del universo tiende a incrementarse en el tiempo”.

Y cuanto más desorden, menos relaciones tiende a haber entre sus miembros.

Lo dice el universo: punto para la independencia.

Además, para mantener estructuras organizadas (el cuerpo humano, sin ir más lejos), hay que invertir energía. Una energía que mantenga a raya el desorden. Podríamos pensar que, a mayor independencia, menor gasto de energía. Eso suena bien.

También hay otra definición de la segunda ley: “Ningún proceso cíclico es tal que el sistema en el que ocurre y su entorno pueden volver al mismo estado del que partieron”.

En el mundo animal: de la independencia a los superorganismos

Hay animales profundamente independientes. El rinoceronte negro puede pasarse la mayor parte de su vida completamente solo, sin apenas acercarse a otros. Solo lo hará, esporádicamente, para la reproducción.

Y, en ese momento, varios machos pueden pelearse febrilmente por una hembra.

Muchos insectos son solitarios. Tienen una vida tan angustiosamente corta que parecen querer exprimirla a su aire. A veces la puntean apareándose y poniendo huevos. Apenas dedican horas o días a alimentar a sus larvas.

Otros rozan el extremo opuesto. Los insectos sociales, como lo son la mayor parte de las abejas, solo saben vivir en comunidad. A pesar de dividirse por castas y repartirse las tareas, el individuo es el grupo. Renuncian a la individualidad, y la identidad y la seguridad dependen del conjunto: su aparente inteligencia es gregaria y colectiva.

Solo así pudo explicar Darwin por qué morían al clavar su aguijón dentado: la selección natural era en este caso una selección grupal, y el individuo que lucha por la vida es en realidad el enjambre. Las muertes de miembros individuales le salen a cuenta si a cambio le sirven como defensa.

(Sí, hablamos de dependencia o independencia solo respecto a sus congéneres. Pero esto es un juego y ahora jugamos así).

Las hormigas son otro ejemplo de superorganismo (una asociación de organismos que funcionan como uno solo). En esa colectividad aparecen formas de agricultura, ganadería, incluso de democracia y de seguridad social. Y, aunque el grupo suele limitarse a la colonia y acostumbra a ser agresivo con otras, muchas especies distintas de hormigas pueden convivir en un mismo hábitat. Incluso existen supercolonias, con relaciones sin ningún tipo de agresión entre millones de nidos distribuidos a lo largo de más de 6.000 kilómetros de distancia.

(Una de esas supercolonias —hola, casualidad y atención selectiva— se circunscribe a Cataluña, aunque en realidad provengan de Argentina).

En los humanos, el antropólogo Robin Dunbar estableció un número máximo de 150 personas por comunidad para que esta pudiera estar bien cohesionada. Por encima de este, es mucho más fácil que surjan conflictos. Se le conoce como el número de Dunbar.

A veces, los grupos son poco evidentes. Manadas de ballenas viven en comunidad pero separadas unas de otras, a condición de que la distancia no sea mayor que el alcance de sus cantos.

En otras ocasiones las relaciones dan lugar a espectáculos, como el movimiento de los bancos de peces y las bandadas de pájaros. Relaciones casi horizontales donde uno de sus elementos capta y sigue los cambios de orientación de sus siete vecinos más próximos. Como una teoría de los seis grados de separación. (Que son 3,5 para Facebook).

Y, como salto último, está la teoría extrema que considera a la Tierra entera como un superorganismo. Es la teoría Gaia, formulada por los científicos James Lovelock y Lynn Margulis, según la cual el planeta modifica continuamente su composición interna buscando asegurar su supervivencia.

Pero ha sido tan sugerente como criticada, así que podríamos admitir que el salto último no es un hecho real. Que, como dijo Stephen Jay Gould, podría servir como “metáfora, no como mecanismo”.

La gravedad, o lo que supone un cuerpo en órbita

Entendida como fuerza o —más exacta y poéticamente— como curvatura del espacio-tiempo, la gravedad es un ente contra la independencia. Se necesita energía para escapar de la atracción ejercida por un cuerpo, si no más grande, sí más denso. Con una energía aceptable un cuerpo puede entrar en órbita: esto es, girar alejado de él pero bajo su influjo.

Se podría decir que un cuerpo en órbita se mantiene a la distancia que su energía le dicta.

Si ganara mucha más fuerza, lo que podría conseguir por muchos motivos, lograría escapar a su atracción. Unos dirían que ganaría libertad e independencia, otros que se aislaría y se perdería. También que eso le permitiría explorar espacios nuevos y quizá mejores. O que, en su nuevo viaje, correría el riesgo de acercarse y caer en otro cuerpo aún más grande y más denso.

Si la perdiera, acabaría cayendo y chocando con el primero. Unos verían esta caída como necesidad; otros como fracaso por debilidad. Algunos como reunión.

Pero aquí hay ciencia, y no cabe ninguna de esas interpretaciones.

*

Hasta aquí los ejemplos. Ahora le toca a usted buscar otros o interpretar estos, en la escala que quiera. Siéntase libre. Intente descifrar si lo hace de forma independiente.

Publicado por Jesús Méndez

Escritor y periodista científico. MD, PhD

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *