2017: un año primo, que no mágico

Más allá de los juegos de la numerología, 2017 es un número primo, un conjunto de números de características peculiares y de usos insospechados.

Esta entrada es una colaboración con la sección ´Aquí hay ciencia´ en Tercer Milenio, suplemento de ciencia del Heraldo de Aragón, donde fue publicada originalmente.

2017 es un número primo / EFE f

2017 es un número primo / EFE

Tiene en las manos, tiene ante sí un nuevo año. Tiene todas, tiene algunas esperanzas depositadas. Tiene, casi todos tenemos, una cierta tendencia al pensamiento mágico, dirigido, fabulador, un pensamiento de nube. Tiene 2017, tiene un número primo. Tiene, cómo no, tiene que ser bueno.

Los números primos se consideran los “ladrillos” sobre los que se construyen el resto de los números naturales. Son, desde Pitágoras, desde sus propiedades “místicas y mágicas”, los candidatos a gobernar el mundo.

Lo son, además, desde su soledad. Un número primo es aquel que solo puede dividirse por sí mismo (además de por el 1) si no se quiere que el resultado tenga algún decimal. Son, salvo el 2, números impares. Salvo el 5 no pueden terminar en 5. Y no se conoce absolutamente ninguna relación entre ellos. Son virtualmente imposibles de predecir, de simplificar, de reducirse a un patrón. Están aparentemente solos.

2017 es el número primo 306 en la lista. Habrá 14 en este siglo. Hubo 13 en el pasado. El anterior año primo fue 2011 (¿cómo le fue en 2011?) y el siguiente será ya 2027. Hay, está demostrado, infinitos números primos.

¿Le traerá suerte 2017? La numerología dice que no hay números mejores que otros, pero luego, para poder ofrecer algo y no complicarse en la tarea, lo somete a un proceso de destilación. Consiste en ir sumando sus cifras hasta reducirlas a una sola. 2017 se destila en el número 1 (el 1 podría ser primo, pero fue excluido de ellos por lo matemáticos porque complicaba algunas de sus fórmulas). El número 1, para la numerología, da lugar a un año de “vibración universal”. Esto parece querer decir que “promete grandes cambios, el aumento de la energía en todos los ámbitos a escala mundial, y nuevas direcciones para muchos de nosotros, ya que los países alcanzan el uno al otro o dan la espalda a las alianzas seculares”.

Toma ya.

Isaac Asimov

La numerología viene de la cábala, una forma de interpretación judía de sus sagradas escrituras que luego se extendió a la interpretación de la Biblia. Una parte de la cábala es la gematría: consiste en asignar números a las letras y buscar a partir de ahí “reveladoras” interrelaciones. La gematría se aplicó al Apocalipsis de San Juan. Algunos estudiosos, incluido Isaac Asimov, sostienen que el apóstol lo escribió de forma críptica para eludir la persecución romana. En el capítulo 13 dice: “El que tiene entendimiento, cuente el número de la bestia, pues es número de hombre. Y su número es seiscientos sesenta y seis”. Para Asimov, “si se escribe en caracteres hebreos el nombre de Nerón (“Nerón Caesar”), la suma de los números que representan las distintas letras da por resultado efectivamente seiscientos sesenta y seis, el número de la bestia”.

La cuestión es que, en los siglos siguientes, los malabarismos con las letras dijeron también que el Anticristo era Mahoma; luego los católicos se lo endilgaron a Lutero, y los protestantes lo consiguieron con varios de los papas.

Así que, en otro lugar, esto es lo que decía Asimov: “Si se tiene tiempo para pensar, una concatenación de números adecuada y cualquier texto lo bastante complejo, es posible probar cualquier cosa (…) Siempre he creído que, con un poco de tiempo, yo sería capaz de inventarme una tontería tan grande como cualquiera de las obtenidas tras penosos esfuerzos por lo pobres bobos que se toman en serio estas cosas”.

La numerología es una pseudociencia. Su terminación es incluso una forma de condescendencia.

2017 no le traerá una suerte especial por ser primo, mágico, místico o por vibrar de forma universal, descuide. Pero los números primos sí son útiles de por sí. Están en la base de la criptografía moderna, en la que la clave de un mensaje protegido se expresa como el producto de dos grandes números primos. Por su naturaleza, imposible de subdividir y simplificar, su descifrado es único y depende de una casualidad sobrehumana.

Los ordenadores han llegado a calcular un número primo de 22 millones de cifras. El cálculo de números primos se usa incluso como un test de estrés para las computadoras.

Hay personas para las que los números primos llegan a ser esenciales, formas inconcebibles de comunicación. Los “Gemelos” descritos por Oliver Sacks en su libro “El hombre que confundió a su mujer con un sombrero” son una extraña prueba de ello. Descritos como autistas, psicóticos o gravemente retardados, poseían habilidades especiales, como la de una memoria eidética, casi total, particularmente autobiográfica. Sabían que día de la semana era cualquier fecha pasada o futura. Y, sobre todo, “veían” los números, como una suerte de oído absoluto para las cifras.

Sacks: “Me acerqué silenciosamente para no molestarlos. Parecían encerrados en un singular diálogo puramente numérico. John decía un número, un número de seis cifras. Michael escuchaba el número, asentía, sonreía y parecía saborearlo. Luego él decía a su vez otro número de seis cifras, y entonces era John el que escuchaba y lo consideraba muy detenidamente. Al principio parecían dos entendidos en vinos que estuviesen saboreando caldos diversos, compartiendo sabores exóticos, valoraciones exóticas”.

Todos ellos eran números primos.

2017 es un número primo pero le falta un pequeño salto de belleza. No es un número Fibonacci. Estos empiezan con el 0 y el 1 y después, en su sucesión, resultan de la suma de los dos anteriores: 0,1,1,2,3,5,8,13,21… Están presentes en la naturaleza en formas tan diversas como la cría gradual de los conejos, el árbol genealógico de los machos en una colmena, en la disposición de las hojas en los tallos de las plantas. La espiral resultante de la sucesión se encuentra en las piñas, en la distribución de las semillas del girasol, en el caparazón de los moluscos. Y el cociente entre los dos últimos números tiende siempre a phi, el llamado número áureo, el que para algunos científicos y muchos artistas encierra la proporción de la belleza.

Espiral de Ulam

Como compensación está que los números primos también participan de una espiral, la espiral de Ulam. Colocados todos los números naturales de forma sucesiva en forma de hélice, los primos tienden a agruparse en las diagonales. Aunque estén solos, aunque no sean mágicos. Como comunicándose.

¿Como nosotros?

Feliz año.

Publicado por Jesús Méndez

Escritor y periodista científico. MD, PhD

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