Los futuros bebés son las nuevas fronteras

Las posibilidades de las nuevas técnicas de edición genética son enormes, casi tantas como debates suscita. Si los biólogos pasan a ser los pequeños grandes cirujanos esto no solo permitirá mejorar las investigaciones, también promete instaurar nuevas terapias y –y aquí vienen los debates y las fronteras– modificar embriones humanos. ¿Tienen derecho los padres a escoger los rasgos de sus hijos? La posibilidad de mejorarlos, ya sea en salud, ya sea en rasgos, ¿no crearía un clasismo genético con razas basadas en la economía? En el fondo, ¿no ha estado sucediendo esto ya?

Agatha Haines «Transfigurations» Fuente: Exposición «+Humans» del CCCB

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Aparecen inertes en varias urnas de vidrio. Cada uno con una novedad quirúrgica.

Al primero le han añadido zonas de piel que caen en pliegues a ambos lados de la cabeza. El aumento de superficie será un regalo: les permitirá librarse mejor del calor cuando el cambio climático comience a hacerse de veras insoportable.

A otro lo han mejorado instaurándole un pequeño orificio justo detrás de su oreja derecha. Dotado de un esfínter propio, facilitará enormemente la administración de medicamentos, como una compuerta directa sin regurgitaciones ni sabores desagradables.

Son bebés, son de plástico, y pueden verse en la exposición +Humanos. El futuro de nuestra especie, organizada por el Centro de Cultura Contemporánea (CCCB) de Barcelona. Una exposición ha de ser imperiosamente visual, y de ahí el atajo hacia las tijeras de la cirugía, el medio quizás más directo para sorprendernos con las posibilidades de los niños, de los humanos del futuro. La sensación, por novedosa, es casi distópica: se reconoce la utilidad de las modificaciones pero se contemplan con distancia, con evidente rechazo, como si esos bebés fueran, en realidad e irónicamente, menos humanos.

Sucede que, a pesar de la potencia del arte, en muchas ocasiones va a caballo de la realidad (uno no puede pensar en un color inexistente). Y, en este caso, seguramente vaya detrás, o lentamente al lado, de lo que ya está sucediendo a su alrededor. Lo que está pasando se llama CRISPR –las siglas en inglés de «repeticiones cortas agrupadas regularmente y separadas en forma de palíndromos»–, una especie de tijeras moleculares (invisibles) que suponen ya la auténtica revolución en el mundo de la genética (y si se dice genética se dice biología, se dice medicina, se dice realidad). Estas tijeras, guiadas por unas secuencias-lazarillo, son una herramienta de corta-pega del ADN tremendamente sencilla, barata, eficaz y cada vez más precisa. Permiten modificar prácticamente cualquier rincón del genoma, borrando letras, sustituyéndolas por otras. Están permitiendo hacer que los biólogos se conviertan, casi por primera vez, en escritores.

Las posibilidades son enormes, casi tantas como debates suscita. Si los biólogos pasan a ser los pequeños grandes cirujanos esto no solo permitirá mejorar las investigaciones, también promete instaurar nuevas terapias (levantar el vuelo de la terapia génica), elevar la confianza de los transgénicos, modificar ecosistemas (alterar mosquitos inmunizándolos contra enfermedades) y –y aquí vienen los debates y las fronteras– modificar embriones humanos.

La modificación del ADN de embriones engloba toda una escalera de retos éticos y, en última instancia, nos enfrenta a la definición de qué es ser humano, si es que hay una definición para tal cosa.

En cierto orden creciente de oportunidades y conflictos derivados a resolver (el primero sería de tipo técnico, porque la técnica todavía no es completamente precisa, pero ese es un debate tecnológico que todo el mundo asume que se resolverá), la edición genómica:

Raul Guerra «Metamorfosi: il·lustracions de papallones»

– permitiría evitar enfermedades hereditarias, borrándolas del historial futuro familiar. Enfermedades como la anemia de Fanconi o ciertas distrofias musculares, que apenas si permiten a los niños ponerse en pie, dependen de un fallo en un único gen. Si se edita su ADN en el laboratorio, si se restaura la letra original cuando apenas si somos una o unas pocas células, la enfermedad se destierra para el presente y también para el futuro, para todos los posibles descendientes.

El conflicto aquí es pequeño (aunque hay quien lo incluya ya como una línea roja antinatural. Los que así piensan respiren hondo antes de bajar por los siguientes párrafos). No se distingue de una fecundación in vitro donde se seleccionan embriones genéticamente sanos. Pero precisamente porque la mayor parte de casos pueden evitarse así, la aplicación de las nuevas tijeras no tendría que ser masiva (solo en los casos en que tanto el padre como la madre estuvieran enfermos, donde ninguna combinación librara al embrión de la enfermedad).

– permitiría disminuir el riesgo de desarrollar ciertas enfermedades, léase alzhéimer, léase problemas del corazón. Enfermedades que en general no dependen de un único gen, que no se sustentan en la genética sino también en cierto azar, en el entorno, en el estilo de vida. Sin asegurar la victoria, mejorarían nuestra mano de cartas en la partida.

y

– permitiría ya no actuar sobre enfermedades, sino directamente sobre características, sobre rasgos: el color de ojos, la altura, la inteligencia, ¿la tendencia a la ansiedad, a la extroversión?

El conflicto (los conflictos): ¿Tienen derecho los padres a escoger los rasgos de sus hijos? La posibilidad de mejorarlos, ya sea en salud, ya sea en rasgos, ¿no crearía un clasismo genético con razas basadas en la economía, en la posibilidad o imposibilidad de costearse tal cirugía molecular?

(y derivado: ¿qué problema hay en el dopaje genético, en la alteración artificial de un gen? ¿Cuál es la diferencia ética: la historia de los ancestros, el mero azar? Si la inteligencia tiene un componente genético, ¿son más injustos los padres que, siendo menos inteligentes, deciden tener hijos?) (…)

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Seguir leyendo el resto del artículo en la web de la editorial Next Door, donde fue publicado originalmente.

Publicado por Jesús Méndez

Escritor y periodista científico. MD, PhD

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