La lactancia materna bajo la lupa de la ciencia

La decisión de dar teta o biberón es una de las que más inquietan a las madres recientes. Una opción personal se ha convertido en objeto de un debate social donde se cruzan razones científicas con modelos de crianza y conciliación.Hoy nadie duda de los efectos positivos de la lactancia materna; sin embargo, algunos estudios cuestionan sus propiedades protectoras a largo plazo.

¿Se han exagerado los beneficios permanentes de la lactancia materna?

Este artículo es una colaboración de Marta Palomo con la Agencia Sinc.

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La decisión de dar teta o biberón es una de las que más inquietan a las madres recientes. Una opción personal se ha convertido en objeto de un debate social donde se cruzan razones científicas con modelos de crianza y conciliación. Mientras unos acusan a las que no amamantan por privar a sus bebés de una fuente de salud y apego, otros murmuran cuando un niño con dientes baja el sostén a su madre. Hoy nadie duda de los efectos positivos de la lactancia materna; sin embargo, algunos estudios cuestionan sus propiedades protectoras a largo plazo.

Imagen: Olmo Calvo

“Cuando usted entra en una guardería, ¿puede diferenciar aquellos niños que han sido alimentados con biberón de los de lactancia materna? ¿Y en una clase de primaria? ¿Y en una graduación universitaria? –Amy Tuteur espera unos segundos antes de contestarse a sí misma–. Pues será que tanta diferencia no hay”.

Esta ginecóloga estadounidense, autora de The Skeptical OB, denunciaba el pasado mes de agosto en la revista Time que a diario atiende a madres angustiadas que se sienten culpables porque no pueden o no quieren dar el pecho a sus bebés. “Están bajo una gran presión que les hace sentir que son malas madres cuando, en realidad, las diferencias entre la lactancia materna y la fórmula en los países desarrollados son muy, muy pequeñas”, afirma Tuteur.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda lactancia materna exclusiva durante los seis primeros meses del bebé. Esta institución hace años que intenta remontar el bajo seguimiento de su directriz, tanto en regiones empobrecidas como en las más favorecidas económicamente, sin el éxito deseado.

Según un macroestudio publicado recientemente en la revista The Lancet, en los países de rentas bajas y medias solo uno de cada tres bebés son alimentados con lactancia materna exclusiva durante sus primeros seis meses de vida. En las sociedades más ricas, especialmente la europea, las cifras no mejoran. El trabajo estima que si la lactancia materna se incrementara hasta niveles universales se podrían prevenir hasta 823.000 muertes de niños menores de cinco años.

 

Ni instituciones ni científicos ponen en duda que la leche materna es mejor que la de fórmula. No será la primera en hacerlo Amy Tuteur, quien amamantó a sus cuatro hijos. “Porque quería y podía, y era feliz con mi decisión”, subraya. Pero coincide con el médico Michael Kramer, líder de una investigación única en la historia sobre los efectos del amamantamiento, y con la opinión de un número cada vez mayor de profesionales: “Se han exagerado los resultados científicos sobre los beneficios que tiene la lactancia en la salud del bebé a largo plazo”, explica a Sinc Kramer desde su despacho en la Universidad de MgGill en Montreal (Canadá).

Leyendo entre líneas 

Una abrumadora mayoría de estudios concluye que la lactancia materna es mejor que la artificial para la salud del bebé y que estos beneficios se prolongan a lo largo de la vida.

Estos trabajos demuestran que los bebés amamantados tienen menos infecciones y que a medida que crecen muestran menor tendencia al desarrollo de obesidad, diabetes tipo 1 y 2, asma, alergias, presión arterial alta, hiperactividad, cáncer y caries dentales; y presentan un mayor coeficiente intelectual.

Pero estos estudios, que no son experimentales sino observacionales (comparan un grupo de población con otro), también revelan que, respecto a los bebés de biberón, los de pecho tienen mayor probabilidad de ser blancos, nacer en familias con ingresos elevados, tener padres con un alto nivel educativo, un mejor acceso al sistema de salud y vivir en barrios más seguros y con bajos niveles de toxicidad ambiental.

Kramer asegura que investigar las consecuencias de la lactancia en humanos es muy complicado. “No estamos hablando de una relación como la del tabaco y las enfermedades pulmonares, sino de algo mucho más sutil. Cuando los efectos que buscas son débiles y se ven influidos por la conducta de las personas, es muy fácil que tus resultados se desvíen hacia una respuesta u otra por no tener en cuenta todas las variables de confusión”, alerta.

Es decir, se corre el riesgo de omitir hechos, como la dieta o el ejercicio que practica una familia, que afectan directamente en el resultado de la investigación. Por ejemplo, la influencia de la lactancia sobre la obesidad.

En los hermanos puede estar la clave

Para desentrañar el efecto real de la lactancia sobre la futura salud del bebé deberían minimizarse estas variables de confusión. Una primera aproximación la llevaron a cabo en el año 2005 dos economistas que estudiaron 2.734 parejas de hermanos. De estas, 523 habían sido alimentadas de manera diferente, un hermano con pecho y el otro con biberón.

Los investigadores analizaron el índice de masa corporal, asma, alergias, notas del colegio, apego a la madre y hasta 15 indicadores de salud y habilidad cognitiva. Casi todas las diferencias que tan claramente se manifestaban en la población general resultaron ser nulas entre hermanos.

“Nuestros resultados demuestran que muchos de los efectos beneficiosos a largo plazo de la lactancia han sido sobreestimados”, escribían los autores. Solo una diferencia se mantuvo: la habilidad cognitiva.

Este trabajo fue el primero de varios más, el más reciente publicado en mayo de 2014, que revelan una y otra vez que casi todos los efectos beneficiosos a largo plazo que se atribuyen a la lactancia materna tienden a cero y se vuelven insignificantes cuando se comparan hermanos. Es decir, que en realidad son debidas a características demográficas y estatus social, pues en los países desarrollados –España entre ellos–, las mujeres con mayor nivel social y educación dan más el pecho y alargan el periodo de lactancia.

El coeficiente intelectual sí se mantiene diferente en algunos de estos trabajos, aunque en otros no, pero la cifra se reduce de una media de 2,2 puntos en los estudios observacionales a 0,22 en los que solo comparan hermanos.

De Bielorrusia al mundo

De todos modos y según Kramer, el estudio con hermanos no es el mejor diseño ya que la madre ha decidido cambiar la alimentación entre uno y otro por alguna razón, y esta puede ser una variable de confusión y falsear los resultados. “No es una comparación del todo justa”, reflexiona el investigador. Lo ideal sería diseñar un ensayo como si de un fármaco se tratara, prospectivo y aleatorio, donde fuera solo el azar el que determinara el tipo de alimentación, de manera que cualquier diferencia entre los dos grupos se debiera únicamente al tipo de lactancia.

En el año 1996, Michael Kramer puso en marcha un estudio de estas características llamado PROBIT (acrónimo en inglés de Promotion of Breastfeeding Intervention Trial). En Bielorrusia, Kramer y sus colegas reclutaron a 17.046 bebés y convencieron a la mitad de sus madres para que prolongaran la lactancia materna y lo hicieran de manera exclusiva. Desde entonces, los investigadores han monitorizado minuciosamente la salud de estas criaturas y de momento han difundido los resultados del seguimiento a los seis y a los 11,5 años. En breve publicarán los datos tras 18 años de estudio.

“La OMS y otras organizaciones que promueven la lactancia materna nos citan cuando tenemos resultados que les gustan, y no lo hacen cuando no son de su agrado. No me parece bien utilizar los datos que a uno le interesen para promover lo que considera que es mejor, y creo que eso es justo lo que está pasando”, denuncia este médico por teleconferencia con Sinc.

Lo que, según Kramer, no le gusta a la OMS es que en su ensayo no han encontrado ninguna evidencia de los efectos beneficiosos de la lactancia a largo plazo: ni respecto a la obesidad, ni a la alergia ni el asma.

“Lo que sí hemos corroborado, y hay una evidencia científica muy sólida al respecto, es que la leche materna proporciona protección ante infecciones –asegura el investigador–. Pero solo durante el período de lactancia, y desaparece a los pocos días de detenerla”.

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Seguir leyendo el resto del reportaje en la Agencia Sinc.

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Publicado por Marta Palomo

Investigadora postdoctoral y periodista científica

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