Estrés tóxico: su origen y sus curiosas (y tremendas) consecuencias

La sombra del estrés es alargada. He aquí sus mecanismos, un puñado de curiosas (e importantes) consecuencias y algunas propuestas para suavizarlo.

En el fondo, queramos o no, somos algo así como animales de la selva viviendo en ciudades. Hay  innumerables pruebas que lo avalan, y de entre ellas una es particularmente evidente: es aquello que comúnmente llamamos estrés.

Piense en algo que le preocupe. No necesita ser algo especialmente amenazante para su vida: basta con que sea un examen importante, una charla que tenga que dar en público, una inminente mudanza. Es muy posible que alguna de estas situaciones le produzca una aceleración del pulso, haga que respire con mayor rapidez, que le resulte difícil dormir. A nivel más inconsciente seguramente también estará dilatando sus pupilas, hará que su hígado libere glucosa, entorpezca su digestión, tense sus músculos. ¿Qué está ocurriendo? ¿Por qué su cuerpo organiza tal respuesta por un mero examen, una simple conferencia? Porque reacciona en cierto modo como si su vida estuviera en peligro. Como si un animal lo atacara en la selva. Y hace todo lo que está en su mano (aumenta su atención, incrementa su energía) con tal de no perecer.

El término estrés proviene de la física, de la presión que un cuerpo ejerce sobre otro. Pero a nivel biológico se conoce también como la “reacción de lucha o huida”. El cuerpo se prepara para, —según la situación, según su propio temperamento— enfrentarse al peligro o para alejarse lo más rápidamente de él. Es una reacción de lo más provechosa: uno quiere tener el máximo de posibilidades de salir vivo de la amenaza. Pero hay un problema: que somos inteligentes. Como nuestro cerebro creció lo suficiente como para tener imaginación, no necesitamos que el peligro esté presente, simplemente podemos “pensar” en él. Y si lo hacemos en exceso o durante demasiado tiempo (algo que no es inusual: el 25% de los estadounidenses sufrieron niveles de estrés tóxico solo el año pasado), los beneficios dejan de serlo; se convierte en un peligro.

“Los síntomas del estrés crónico pueden variar mucho de persona a persona”, comenta Antonio Cano, catedrático de psicología y presidente de la Sociedad Española para el Estudio de la Ansiedad y el Estrés. No sólo es que hay sucesos más y menos estresantes y personas más y menos vulnerables, sino que “si alguien tiene un trabajo físico es más probable que se manifieste en forma de contracturas, pero si toma decisiones importantes suele ir acompañado de ansiedad. Y esta puede mostrarse de diferentes formas: con cefaleas, con alteraciones digestivas, respiratorias, sexuales o de la piel, según cada caso”, añade.

Más allá de los síntomas, sus consecuencias tienen dimensiones considerables. Estas son algunas (solo algunas) de las repercusiones que el estrés crónico puede tener sobre la salud.

1)       Debilita el sistema inmunitario 

El estrés realiza todas sus acciones mediante dos caminos fundamentales. Por una parte activa lo que se conoce como el sistema nervioso simpático, que pone en marcha muchas de las reacciones de alerta. Por otra estimula el llamado eje hipotálamo-hipofisario-adrenal. El hipotálamo y la hipófisis son dos pequeñas zonas situadas casi en el centro del cerebro que funcionan como un director de orquesta corporal. Entre sus funciones están el estimular a las glándulas suprarrenales —justo encima de los riñones— para que produzcan adrenalina y cortisol, el principal mensajero del estrés. Una corta reacción de estrés es positiva: parece estimular a las defensas para que se dirijan a las zonas de riesgo: las prepara para el combate (piense en una infección, en una cirugía). El problema es cuando se prolonga en el tiempo. Entonces comienzan los problemas (…)

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Lo sentimos, pero esta entrada solo tiene versión en castellano.

Publicado por Jesús Méndez

Escritor y periodista científico. MD, PhD

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