ESOF: un congreso-puente para la ciencia

Cada dos años se celebra en verano ESOF, un congreso europeo que reúne a miles de personas entre científicos, periodistas, políticos y público general. Este año ha tenido lugar en Copenhague y este es el resumen de lo que allí aconteció, con anuncios y charlas que van desde el neurosexismo al bosón de Higgs, de la optogenética al urbanismo y la creatividad.

Este artículo fue publicado en Tercer Milenio, suplemento de ciencia de El Heraldo de Aragón, el 21/10/2014

Cada dos años se celebra en verano ESOF, un congreso europeo que reúne a miles de personas entre científicos, periodistas, políticos y público general. Este año ha tenido lugar en Copenhague, y Tercer Milenio (y por extensión Dixit Ciencia) ha estado presente. Este es el resumen de lo que allí aconteció, con anuncios y charlas que van desde el neurosexismo al bosón de Higgs, de la optogenética al urbanismo y la creatividad.

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Dista mucho de ser un congreso científico al uso, una reunión casi exclusivamente de científicos presentando las últimas novedades de sus investigaciones, discutiendo sus procedimientos y sus conclusiones. ESOF (las siglas de Euroscience Open Forum) es un congreso bienal donde los temas científicos más variados (sobre física, medicina, medio ambiente, tecnología, política científica) tienen cabida ante un público de científicos, sí, pero también de periodistas, de gestores, de editores, de políticos inclusive. Su objetivo no es, pues, comunicar el último hallazgo revelador, sino crear un ambiente, un marco de fomento de la ciencia donde quepan preguntas que vayan desde la ciencia misma hasta la forma de comunicarla o las políticas adoptadas. Este año tuvo lugar su sexta edición. El lugar, Copenhague. 

Una inauguración… real

La reina Margarita II de Dinamarca

Como muestra de la apuesta y del apoyo institucional, los organizadores decidieron abrir el congreso con la presencia de diversas personalidades. Una de ellas fue la propia reina Margarita II de Dinamarca, quien durante un breve discurso destacó la importancia de ESOF y la oportunidad que brindaba para “establecer lazos de colaboración entre países”. Esos lazos hacen también alusión al lema del evento: “Ciencia: construyendo puentes”. Puentes que pueden trazarse entre países pero también entre disciplinas científicas, entre los investigadores y la sociedad, entre la ciencia y la innovación, entre la iniciativa pública y la privada (añadan prácticamente el puente que quieran).

A esos puentes se refirió también Durão Barroso, presidente de la Comisión Europea, añadiendo además que Europa debe basar su economía en el conocimiento, y que para ayudar a tal empresa se han aumentado los próximos presupuestos europeos para ciencia e innovación en un 30%, anuncio seguido de un enérgico: “No nos podemos permitir el descanso”.

Y, a continuación, el congreso. Una mezcla de conferencias plenarias ofrecidas por, entre otros, diversos premios Nobel, pequeñas charlas aledañas con debates, exposiciones y eventos callejeros de divulgación. Una parte de esa mezcla, a continuación:

El cerebro, a examen 

Imágenes de un cerebro de ratón obtenidas mediante la técnica CLARITY

Una de las primeras conferencias fue la protagonizada por el joven pero ya multipremiado psiquiatra estadounidense Karl Deisseroth, el conocido como padre de la optogenética. La optogenética es la técnica que permite el control de las células (fundamentalmente células nerviosas) mediante la luz. Y bajo la atribución de que supondrá una revolución en los estudios del cerebro, ya está comenzando a dar resultados. Deisseroth mostró algunos de ellos, como por ejemplo la constatación de que en el tratamiento del párkinson mediante estimulación eléctrica es más útil dirigirse a las conexiones entre las neuronas que a ellas en sí; o la identificación de un “circuito social”: el circuito preciso del cerebro que se activa cuando un ratón se relaciona con otro ratón. Y esto no lo dijo, pero experimentos basados en técnicas optogenéticas han sido realizados por los recientes ganadores del Nobel de Medicina, el matrimonio Moser, en su búsqueda e identificación del GPS cerebral, o las redes neuronales que permiten a nuestro cerebro orientarnos en el espacio. Además, el equipo de Deisseroth ha desarrollado una técnica que permite, literalmente, hacer transparente el cerebro para poder estudiarlo. No por casualidad la ha llamado “Clarity”.

Poco después, en una de las charlas-debate, hablaba la psicóloga Cordelia Fine bajo el epígrafe “Una revolución de la mente: ocupándose de los seres humanos”. Fine lleva años investigando y examinando los estudios que continuamente aparecen desgranando (supuestamente) las diferencias entre los cerebros masculino y femenino. Y durante su charla dejó, probablemente, una de las frases del evento: “Durante mi investigación me di cuenta de una cosa horrible: que los científicos son personas”. Porque Fine no niega que existan diferencias, pero sí denuncia que muchas de las ya dadas como ciertas puedan ser falsas o, al menos, exageradas. Las razones, básicamente estas: que en muchas ocasiones el conocimiento biológico que se tiene es insuficiente, y se establecen relaciones más por el “deseo” de que existan que por la certeza de que sean ciertas; que los estudios suelen hacerse con muestras muy pequeñas y son difíciles de recomprobar, pero se publican como si fueran definitivos; que la interacción con el ambiente es algo fundamental e infravalorado y que, por tanto, el entorno cultural puede determinar en gran parte diferencias que no dependen exclusivamente del sexo. Un ejemplo: se da por hecho que los distintos niveles de testosterona entre hombres y mujeres afectan al modelado del cerebro. Pero no solo parece que esa afirmación dista mucho de ser tan simple, sino que además dichos niveles no son estancos. Sin ir más lejos, hace poco se ha observado que los hombres que son padres —y especialmente aquellos que más tiempo pasan con sus hijos— presentan valores de testosterona inferiores. El papel cultural es, por tanto, un ingrediente que los “científicos-personas” aparcan, pero que no debería pasarse por alto.

Copenhague: hacia una ciencia de las ciudades 

Jan Gehl, durante su charla

Con la calle peatonal más larga de Europa e innumerables bicicletas recorriéndola de arriba a  abajo, Copenhague figura año tras año entre las ciudades más habitables del mundo. En parte por eso no podía faltar a la cita aquel a quien se considera uno de los padres de su transformación: el arquitecto Jan Gehl, autor en 1971 de Life Between Buildings (La vida entre los edificios), un libro que supuso una auténtica piedra de toque para la arquitectura y el urbanismo. Gehl no oculta su fobia a los llamados arquitectos-artistas, aquellos que “únicamente se preocupan de la forma de sus edificios, no de la vida que tiene lugar alrededor de ellos.” Esos artistas que “construyen sus obras y nada más terminar viajan corriendo hacia el siguiente lugar donde plantar nuevas torres sin revisar el efecto que dejan atrás”. Y en eso es en lo que Gehl hace especial hincapié, en que las obras urbanísticas deben someterse a un cierto criterio científico. Que deben recogerse datos que permitan medir cómo son usadas por los habitantes, de qué modo alteran sus días, si realmente mejoran su calidad de vida. Como ejemplos de buenas iniciativas, aparte de las que supusieron la reestructuración de Copenhague, Gehl no duda en apuntar hacia Australia, con el edificio de la Ópera de Sydney o la Federation Square de Melbourne. Como ejemplos de la vergüenza, aquellos derivados del llamado “Síndrome Brasilia”: ciudades construidas para ser observadas desde un avión (Brasilia desde el aire luce como un perfecto pájaro), pero que son completamente inhabitables en cuanto se aterriza. O incluso el museo Guggenheim de Bilbao, al que considera demasiado “introvertido”. En cuanto a sus (ambiciosos) proyectos actuales, Gehl trabaja en la recuperación para los peatones de ciudades como Moscú o Nueva York, donde ya se han comenzado a implantar carriles-bici y donde incluso se ha probado a cerrar al tráfico la mítica Times Square.

Algunas novedades 

Aunque no sea un congreso científico al uso, sí se guardó algunas novedades, algunas noticias “primerizas”. Una fue la presentación de un artículo, publicado en la revista Nature, en el que se dibujaban las relaciones existentes entre las enfermedades de más de seis millones de daneses aprovechando los datos almacenados durante años en sus historias clínicas. Datos que pueden servir para reorientar políticas sanitarias o para estudiar conexiones insospechadas entre enfermedades aparentemente inconexas. Otra fue el esperado anuncio de que tras una parada técnica de año y medio, el LHC (Gran Colisionador de Hadrones) del CERN, el mismo que permitió en 2012 el descubrimiento del bosón de Higgs, está listo para volver a trabajar en 2015. Y que lo hará al doble de energía de lo que previamente lo hacía . Así lo aseguraron Rolf-Dieter Hauer, el director general del CERN y Fabiola Gianotti, la responsable del experimento ATLAS que halló al esquivo bosón.

Entre la mezcla la física, la creatividad, las estadísticas 

El matemático Cédric Villani

Y mientras, entremezcladas aquí y allá tenían lugar charlas de los más diversos temas ofrecidas por muy diferentes personalidades. Habló Serge Laroche, premio Nobel de Física en 2012, sobre el control de fotones. Habló Brian Schmidt, ganador del mismo premio un año antes, sobre la expansión del universo. Lo hizo Cédric Villany, personalísimo matemático ganador de la medalla Fields en 2010. Al mismo tiempo se discutían problemas generados en la política y en la comunicación de la ciencia (qué noticias son susceptibles de comunicarse y cuáles no, cuáles son las mejores formas), se hablaba de creatividad y el físico Charles Marcus la definía como una mezcla de “pasión, concentración y desesperación”. Y como prueba de esta última,  recuperaba aquella pregunta de Pauli, uno de los “fundadores” de la mecánica cuántica, en la que tras encontrarse con un amigo y este decirle que no parecía muy contento Pauli le responde: “¿Cómo puede alguien parecer contento mientras piensa en el efecto Zeeman?” (El efecto Zeeman es una característica de los campos magnéticos que no casaba con sus teorías y atormentaba a Pauli por aquel entonces). Se hablaba también de las nuevas técnicas de secuenciación de ADN que están permitiendo obtener información de seres prehistóricos, incluido Ötzi, un cazador de hace más de 5.000 años conocido como “el hombre de hielo” y cuyo genoma luce diferente al de cualquier población actual, o la prueba de que “el pasado es un lugar extranjero”. Se habló de estadísticas aplicadas a la salud y a la demografía. Y de la mejor forma de observarlas. Esto lo hizo Hans Rösling, médico sueco que trabajó durante años en África y que es el inventor de Trendalyzer, una herramienta —recién comprada por Google— que permite la visualización de los más variados datos y cómo se van moviendo a lo largo del tiempo. Esa herramienta que permite comprobar cómo, por ejemplo, la natalidad en Japón es más baja que en China a pesar de que en Japón no se aplican políticas de control de la natalidad. Que llevó a Rösling a asegurar que “la cama es más poderosa que la política” y que permite trasladar los números a su contexto social (es la forma de vida japonesa, con las mujeres embarazadas obligadas a abandonar sus trabajos, la que determina esa situación). Una herramienta que permite contemplar “una historia en cada punto de la gráfica”.

Y así, entre anuncios, presentaciones y debates, ESOF llegó a su fin. Seguramente ninguna revolución científica salió de sus paredes, pero tampoco era esa su intención. Si más de 4.000 personas de las más variadas trayectorias se reunieron en Copenhague no fue tanto para hacer saltar el campo como para fomentar un determinado ambiente, favorecer las condiciones, los puentes, mejorar un caldo de cultivo para que desde ahí, ya sí, la ciencia genere sus saltos.

Próxima cita, Manchester 2016.

Publicado por Jesús Méndez

Escritor y periodista científico. MD, PhD

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