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Crónicas CCCB: Neuroética: la materia que se despierta o una conversación desigual

¿Bastará la ciencia para explicar la consciencia? ¿Se necesita un “yo”, una primera persona que aporte color a los datos, o serán estos una suerte de tercera omnisciente? ¿Por qué, de entre todas las opciones posibles, acabamos siendo seres morales? Estos fueron algunos de los temas tratados por la filósofa sueca Kathinka Evers con motivo de su charla en el CCCB de Barcelona.

¿Bastará la ciencia para explicar la consciencia?  ¿Se necesita un “yo”, una primera persona que aporte color a los datos, o serán estos una suerte de tercera omnisciente? ¿Por qué, de entre todas las opciones posibles, acabamos siendo seres morales? Éstas fueron algunas de las preguntas que planteó en el CCCB —dentro del ciclo de conferencias En los orígenes de la mente humana organizado por B-DebateKathinka Evers, profesora de filosofía e investigadora del Center for Research Ethics & Bioethics de la Universidad de Uppsala, en Suecia.

La neuroética y la historia

Si, según la Tercera Cultura, la relación entre las ciencias y las letras será comunicativa, y si aceptamos que si hay una ciencia social, ésa es la neurociencia, nada mejor sobre el papel para demostrarlo que la filosofía acercándose y mezclándose en forma de neuroética. Para Evers, la neurociencia ha situado al cerebro en la naturaleza, descompensando la balanza entre el monismo y el dualismo a favor del primero. Negando, en definitiva, la dualidad cuerpo/alma. Presenta a la neuroética como una mezcla entre las ciencias de la mente, las ciencias sociales y la filosofía, y afirma que “somos nuestros cerebros, pero aún no estamos adaptados a esta nueva cosmogonía”.

(y es cierto. al fin y al cabo, la mayor parte de la gente sigue sin asumir que el mero café de la mañana es una prueba de la inexistencia del alma)

Son numerosos, atractivos y no poco importantes los temas con los que la denominada neuroética debe lidiar. Evers decide comenzar la charla con un repaso histórico a la relación entre la ciencia y la ética. Al diálogo que han ido estableciendo con los siglos. Comienza en el siglo XVII, contraponiendo las teorías utópicas de Francis Bacon con las de Hooke, quien pensaba que la ciencia era independiente y debía alejarse de la metafísica y todo tipo de problemas morales, políticos o retóricos. Y recorre la historia hasta llegar al momento actual, consecuencia de la introducción de la ciencia en el mundo de la ética en el siglo XX. Sostiene como ideal la teoría del “materialismo racional (o informado)” propuesta por Bachelard, de forma que debe existir una colaboración o simbiosis entre la neurociencia, la ciencia social y la filosofía de la mente.

Kathinka Evers

Y resulta interesante. Y la perspectiva es necesaria. Y la relación y el problema entre las disciplinas debe tratarse. Pero el repaso histórico dura prácticamente 25 minutos. Y existen numerosos temas concretos sumamente atractivos de los que uno (y supongo muchos) queremos oír hablar. La neurociencia permite plantear el debate de la libertad, la responsabilidad, la herencia y el entorno, la culpa, la consciencia, la educación. Qué sé yo. Tantos temas. Evers reserva únicamente unos escasos 10 minutos para tratar muy por encima aquellos en los que más ha trabajado: la posibilidad de una neurociencia sin la subjetividad de un yo y el hecho de que seamos seres morales. Y es inevitable pensar que el diálogo ciencia-filosofía se desnivela. Porque la primera constantemente está regenerándose, dialogando, compitiendo (en el mejor sentido del término). Y la filosofía, que como dice Evers puede vigilarla, evitar lo que llama “secuestros” (tendencias excesivas, abandono de ciertas líneas) y contribuir a integrarla, pierde su fuerza y razón de ser cuando “sobrevuela”, cuando se pierde en discursos que se apartan de los problemas concretos de los que debe partir. Cuando se aleja de la propia ciencia y de lo social sin tener la impresión de querer volver.

(Eso sí, uno de los “secuestros” históricos es particularmente atractivo: el que incumbe a Darwin y Lamarck, relacionados con las políticas más conservadoras y progresistas, respectivamente. En las teorías de la lucha por la vida y la selección natural del primero de ellos se basó la ética evolutiva de Herbert Spencer, quien defendía la superioridad “natural” de ciertas razas. Y este darwinismo social fue aprovechado, entre otros, por los nazis de Hitler para justificar el exterminio de los “débiles”. Lamarck, por el contrario, era la bandera de las posturas más abiertas: no todo viene dado por la genética: el ambiente y la voluntad deben jugar su papel en la ecuación. Una lucha entre la genética y la epigenética.)

 

¿Una consciencia en primera o en tercera persona?

Cuando aborda la problemática del conocimiento de la consciencia, el primero de los temas “concretos” a los que se enfrenta en su charla, Evers asume, como no podía ser de otro modo, que la consciencia no puede existir sin cerebro. Sin embargo, sostiene que el conocimiento objetivo no puede decirnos todo lo que ha de saberse sobre ella. Es decir, los datos de un observador externo, una tercera persona, por muy elaborados y precisos que puedan ser, no bastan para englobar todo lo que la consciencia representa. Se necesita de una primera persona subjetiva que “narre” lo que acontece. Se aleja de la psicofobia y la cientifización que impregnaron el conductismo de Skinner: esa teoría por la cual la mente es una caja negra en la que no importan los procesos que tengan lugar en su interior —las ideas, las emociones—, sino tan sólo el estímulo que llega y la acción que resulta. Se aleja, por tanto, de lo que se ha dado en llamar la “ciencia psicofóbica”, ejemplificada en el reduccionismo de Crick: “sólo somos un conjunto de neuronas”. Y asume que ya muchos neurocientíficos son partidarios de un “materialismo no eliminativo” que habría superado lo que contaba el neurólogo Damasio cuando afirmaba que un científico no podía mencionar las palabras filosofía o consciencia hasta no tener una plaza fija, “no fuera a ser que se lo tuvieran en contra”.

Pero no da pruebas. Sostiene algo que toma un cariz más “humano” que la dictadura de los datos observables, pero no resuelve un gran problema: cómo se traslada esa subjetividad a conocimiento objetivo. (después, ante alguna pregunta dudará: no podrá afirmar que con nuevos enfoques y herramientas la primera persona siga siendo necesaria. Quizás porque, como sostiene Ignacio Morgado, aún no sabemos cómo la materia pasa a imaginación. Quizás,

aventuro,

porque nuestro cerebro es narrativo. Porque de esa manera intenta tender el puente, rellenar el hueco.)

Pero si en algo se basa para defender la subjetividad, es en la emoción: un componente que debe estar presente en todo acercamiento que pretenda explicar-nos. Y esto le sirve para abordar la segunda cuestión:

¿Por qué somos seres morales? (si podríamos no serlo) 

Sostiene Evers que la emocionalidad eleva y mejora la cognición: refuerza la motivación, la volición y la memoria. Actúa pre-representado el mundo y así es capaz de probar el entorno, seleccionando con antelación la opción más deseable o conveniente. Y afrima que la moralidad es una moralidad emocional. Ahí no cabe lugar a la duda. Sin embargo, ¿por qué la evolución ha seleccionado un ser moral y no amoral? Para Evers, la respuesta está en que concede ventajas en cuanto a capacidad de supervivencia, en la cohesión del grupo. Sin embargo, así dicho, suena a una visión estrictamente antropocentrista. La moralidad puede conllevar ventajas, pero hay innumerables especies perfectamente adaptadas a las que no llamaríamos morales.

¿No es cierto?

  

Diálogo de fin de fiesta 

Tras resumir lo explicado, Evers da por concluida la charla. Se abre el turno de preguntas y con el diálogo la conferencia adquiere otro vuelo, nuevos matices.

Experimento de Libet

La primera pregunta aparece en casi cualquier debate mínimamente relacionado y tiene que ver con los ya famosos milisegundos de Libet. (Aquí es tratado por Francisco J. Rubia, próximo ponente en este ciclo de charlas.) Básicamente, lo que Libet demostró fue que cualquier acción “voluntaria” (tomar una taza de café, por ejemplo) se “registra” en el cerebro un tiempo antes de que seamos conscientes de ella. O lo que es lo mismo, pone en entredicho todo la construcción del libre albedrío. Es de suponer que Rubia, o aún con más seguridad Gazzaniga, lo tratarán en próximos días. Cuando le preguntaron en qué lugar dejaban estos experimentos a la neuroética —que se basa en la condición de libertad—, y cómo hacemos entonces para construir una sociedad ética, Evers sostuvo que dichos datos no niegan completamente “la mayor”. Según Evers, las teorías modernas admiten la variabilidad y dejan puertas abiertas a una cierta modulación, a una influencia de la voluntad. Si enseña a su hijo que algo no debe hacerse, éste lo tendrá en cuenta la próxima vez. Por lo que la capacidad de influencia y de “consciencia” existen. Eso sí, “tenemos libe albedrío, pero menos de lo que pensamos en nuestra vida diaria”, por lo que la sociedad ética debe construirse “teniendo en cuenta los condicionantes pero asumiendo la responsabilidad (de la que la neurociencia no ha demostrado su inexistencia)”.

Otra pregunta se refirió a otros animales: si ellos también presentan emoción y moralidad. Para Evers estas palabras son un continuo,

(el lenguaje muchas veces es perverso)

y se engloban bajo el mismo concepto términos que en realidad muestran una escala. Eso sí, afirma no saber a partir de qué punto en esa escala puede hablarse de verdadera moral.

Ya al final se abordó el tema de la recientemente llamada psicopatía del éxito, según la cual muchos de los altos ejecutivos y altos mandatarios presentan rasgos que podrían encuadrarse como “psicópatas”. Evers comentó que estas personas pueden ser inteligentes emocionalmente, pero son incapaces de sentir compasión, lo cual quizás les otorgue ciertas “ventajas” en la escalada social. Comentó también la publicación del llamado “gen del guerrero”, una variante de un gen relacionado con determinados neurotransmisores que parece estar más presente en los hombres que forman parte de bandas armadas. Y no mencionó, pero pudo hacerlo, este otro artículo reciente, según el cual las personas ricas parecen más proclives a mentir y transgredir la ley que las más modestas.

(lo dicho, tantos temas concretos por tratar)

Y de alguna manera se volvió al principio, cuando Óscar Vilaroya, el presentador de la conferencia, se sorprendía con sarcasmo del tema de la charla, ahora que vivimos entre “la insoportable levedad de los caraduras”.

Parece que, por encima o por debajo, sobrevolando o no, últimamente acabamos siempre en el mismo lugar.

Publicado por Jesús Méndez

Escritor y periodista científico. MD, PhD

  1. Ayer fui a la charla del neurólogo Michael S. Gazzaniga en CCCB de Barcelona, titulada “¿quién decide? La neurociencia y la cuestión de la libertad”. Fui con expectativas pero la charla me defraudó, no por su contenido, sino porque Gazzaniga no fue claro y preciso sobre el libre albedrío. En el libro parece defender la tesis del libre albedrío, pero en otros artículos http://chronicle.com/article/Michael-S-Gazzaniga/131167/ afirma que el libre albedrío es una ilusión. Durante la charla defendió que el cerebro es determinista -como no podría ser de otro modo- pero que la mente aun podía tener libre albedrío, o más bien, que debía de tener libre albedrío, porque sino la moral dejaba de tener sentido. Durante el turno de preguntas tuve la oportunidad de preguntarle “¿usted cree en el libre albedrío porque tenemos una necesidad moral de creer en él, o cree en el libre albedrío porque está convencido que un cerebro determinista lo puede generar?”. Pero la respuesta no fue esclarecedora, comentando en más de una ocasión que “el libre albedrío no era un concepto útil”. Otra persona le preguntó “ante una acción cualquiera, ¿el agente tubo la posibilidad de haber hecho lo contrario?” a lo que respondió que no, que estamos determinados, y que era bueno que fuera así, porque todo el mundo quiere actuar siguiendo su programa moral, cultural, genético… En fin, quizá soy más crítico de la cuenta porque yo mismo he escrito un libro sobre el libre albedrío titulado “cómo vivir feliz sin libre albedrío” en el que explico, entre muchas otros aspectos, como pueden coexistir la moral y el determinismo. El libro se puede descargar gratuitamente en http://www.janbover.org
    Saludos,
    Jan

    1. Hola Jan, gracias por el comentario. Estoy de acuerdo contigo. También estuvimos en la charla y, en general, fue de una gran ambigüedad. En unos días publicaremos una crónica con lo que se habló y nos pareció, pero la verdad es que se esperaba algo más.

      Gracias por el link al libro. En cuanto pueda le echaré un vistazo.

      Un saludo,

      Jesús.

  2. […] quieres puedes leer la crónica completa de la conferencia en el portal Dixit Ciencia. Share this:ImprimirFacebookTwitterCorreo […]

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