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Crónicas CCCB: “La consciencia: un viaje de la materia a la imaginación.” (con Ignacio Morgado)

Crónica de la primera charla del ciclo de conferencias “En los orígenes de la mente humana” celebrado en el CCCB de Barcelona. Ignacio Morgado, catedrático de psicología en la UAB, nos habló del problema de la consciencia y de “cómo la materia y la energía se transforman en imaginación”.


 

 “El principal dilema en el estudio de la consciencia está en saber cómo la materia se transforma en imaginación.”

Ignacio Morgado, catedrático de psicología en la Universidad Autónoma de Barcelona

La consciencia no necesita una explicación, sino una cura.

Gerald Edelman, neurobiólogo, premio Nobel en 1972

A modo de presentación

Ignacio Morgado

“La relación entre los científicos y literatos será comunicativa”. Ésta es una de las frases más citadas de C.P. Snow, el fundador de la llamada Tercera Cultura, un puente lanzado allá por 1959 para separar la brecha entre las ciencias y las letras. Y a ese intento se han sumado en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB) con la organización de las charlas “En los orígenes de la mente humana”, que cuenta por estos días con ponentes como Ignacio Morgado, Henry Markram o Michael Gazzaniga, entre otros. La charla inicial corrió a cargo del primero de ellos y, en su presentación, el responsable del CCCB confesaba que el centro se dirige al debate de ideas y cultura (en su sentido tradicional, más “humanístico” y social), pero que son conscientes de que cada vez más la ciencia tiene un papel central en el enjambre del discurso. Por ello, nada mejor que aprovechar el año de la Neurociencia para desarrollar este ciclo. Al fin y al cabo, pocas disciplinas mejores para hablar de ideas como la ética o la misma libertad.

Si hay una ciencia social, ésa es la neurociencia.

Y ahora: espejos, animales, muñecas Barbie, cisuras cerebrales, música, religión y selección natural. La charla.

Introducción

Morgado habla con pasión ya desde las primeras palabras, aunque sean las de introducción, las que sitúan el problema. Define “la mente como un conjunto de procesos”, advirtiendo de que “la consciencia es unificada e intransferible, y relativamente independiente de la voluntad”. Al fin y al cabo, uno no deja de ser consciente cada vez que quiere. Puede tomar un somnífero, sí, pero no elige dejar de ser uno mismo como puede elegir (¿o cree que puede elegir?) el canal de televisión. Además es “continua e ilusoria”. Por ejemplo: no todas las señales llegan al unísono. Si vemos una carrera de caballos el color nos llega antes que su movimiento, pero la imagen no se fractura, sino que se integra.

(un poco menos de sufrimiento para Funes, el memorioso, a quien Borges concedió una memoria tan prodigiosa que cada caballo era un único caballo, con su particular anatomía, con su característico número de pelos en su crin.)

De la misma manera no somos capaces de observar el trayecto de nuestros ojos en un espejo: el cerebro paraliza la visión con su movimiento. Lo que sí está claro es que podemos reconocernos al mirarnos en él, y esto es algo que clásicamente se ha propuesto como examen y prueba de la existencia de consciencia. Si siguiéramos ese principio sólo unas pocas especies aprobarían: los chimpancés, los bonobos, los delfines y los elefantes. Pero el espejo no parece ser la prueba de fuego. Cada vez existen más dudas de que sea el criterio único. En cuanto nos libramos de un cierto antropocentrismo vemos que hay científicos creyendo que algunos animales también pueden tener consciencia pero mediante algo que no tiene nada que ver con ojos y espejos, sino con olores. Se piensa que es su propio olor quien puede hacerles reconocerse.

(una pequeña cura de humildad para nuestras referencias)

Ahora, si siguiéramos en parte el esquema periodístico de las preguntas necesarias (las de quién, cómo, dónde o por qué), y suponiendo hemos tratado el tema del quién, deberíamos pasar al dónde.

Las cisuras, las muñecas Barbie y el dónde de la consciencia

La respuesta a la pregunta del lugar es en realidad una respuesta al cómo, que veremos más adelante. El dónde parece venir dado por una forma global de funcionamiento del cerebro, capaz de integrar(se) y armonizar(se). Sin embargo, dentro de los lugares hay uno que Morgado recalca con especial devoción. Y puede entenderse por qué. Es lo que se conoce como cisura insular, una zona profunda de nuestro cerebro que es también una de las favoritas del neurólogo Antonio Damasio. La cisura insular es una pequeña zona que recibe información de las diferentes sensaciones del cuerpo. Y en ella basa su teoría Damasio al afirmar que las emociones, los sentimientos, son el fondo una representación corporal. Que, por tanto, no es posible la felicidad ni la tristeza sin sensación. En su libro ´En busca de Spinoza´ escribe:

“piense (el lector) que está tendido en la arena; el sol del final del día calienta ligeramente su piel, el océano chapotea a sus pies, y oye un murmullo de hojas de pino en algún punto situado detrás de él; además, sopla una suave brisa estival, la temperatura ambiente es de 26ºC y no hay una sola nube en el cielo. Tómese el lector su tiempo y saboree la experiencia. Voy a suponer que no se aburre como una ostra y que, en cambio, se siente muy bien, extraordinariamente bien, como le gusta decir a un amigo mío; y la pregunta es: ¿en qué consiste este “sentirse bien”? He aquí algunas pistas: quizá la calidez de su piel era confortable. Su respiración era fácil, inspirar y expirar, sin ningún impedimento por parte de ninguna resistencia en el pecho o en la garganta. Sus músculos estaban tan relajados que no podía sentir ninguna tensión en las articulaciones. El cuerpo se sentía ligero, tumbado sobre el suelo pero etéreo. El lector podía supervisar el organismo como un todo y notar que su maquinaria funcionaba de manera uniforme, sin fallos, ni dolor: la simple perfección. Tenía la energía necesaria para moverse, pero de alguna manera prefirió permanecer quieto, una combinación paradójica de la capacidad y la inclinación para actuar.”

Los sentimientos necesitan de sensaciones, según Damasio

La cisura insular es la principal responsable de recoger esas sensaciones (tanto las de la playa como puedan ser las de enfermedad, claro está). Pero además, hace no mucho se ha visto que en la parte anterior de la cisura insular del hemisferio derecho (curiosamente, subraya Morgado, “sólo en el derecho”) hay una metarrepresentación de la parte posterior. Una suerte de espejo neuronal que nos permite saber que ese estado corporal soy yo, es mío, me corresponde a mí.

(los espejos no parecen querer abandonarnos)

Y no debería resultar demasiado evidente que pensemos en nuestras sensaciones como nuestras. En “El hombre que confundió a su mujer con un sombrero”, el neurólogo Oliver Sacks relata el caso de un paciente que sentía ajena su propia pierna derecha. Como si se tratase de una broma y alguien hubiera traído a su cama la pierna de un cadáver de la sala de disección. Tal era su convicción que cuando la tiró de la cama, sin ex­plicarse cómo, cayó él también detrás de ella… y ahora la te­nía unida al cuerpo. 

(Tal es la importancia que Sacks concede a la conciencia de nuestro cuerpo, la llamada propiocepción, que la considera el sexto sentido, a la altura en importancia de los cinco clásicos. Lo cual puede servir para alentar el debate: ¿puede considerarse la propiocepción el sexto sentido?) 

Una prueba más de que no debería resultarnos evidente el sentirnos limitados por nuestra piel viene de Estocolmo, donde investigadores del Instituto Karolinska han conseguido “trasladar” la sensación corporal a otro cuerpo, real o virtual (como una muñeca Barbie). Gran parte del proceso se puede ver en el vídeo anexo. Básicamente, los científicos acoplan una cámara en la cabeza del voluntario que proyecta la imagen de la muñeca y, mediante sincronía perceptiva (golpeando o acariciando al unísono sus piernas y las de la Barbie) logran trasladar la conciencia del propio cuerpo a la del juguete. Tanto es así que, cuando se amenaza con golpear en la nuca a la muñeca, el propio voluntario se asusta pensando que es a él a quien amenazan en realidad.

Y estos experimentos no son un mero juego o una demostración básica de que no debemos dar apenas nada por sentado. Se piensa que esta propiedad podría ser útil en el uso de una gran batería de tecnologías. El hecho de “trasladarse a otro cuerpo” hace que la precisión y la sensación de realidad pueda ser mucho mayor en el caso de herramientas como las que se usan para desactivar minas a distancia. O en el caso de los cirujanos, quienes, según Morgado, podrían sentirse literalmente “dentro del cuerpo” que operan.

Bien, sorprendente, sí. Pero en realidad, ¿para qué la consciencia?

Los qualia y el para qué de la consciencia

Si, como afirmaba el genetista ruso Thedosius Dobzhansky, “nada tiene sentido si no es a la luz de la evolución”, y si, como afirmó el conductor de la charla, el biólogo Jaume Bertranpetit citando al profesor Ramón Margalef, “la mente no evoluciona para entender el mundo, sino para sobrevivir”, alguna ventaja fundamental debe aportar la consciencia para haberse mantenido tras su aparición. Para Morgado esta ventaja tiene que ver básicamente con la información y la flexibilidad. Y hace un doble razonamiento en negativo: cuando tomamos consciencia de algo (un pájaro, una flor) no sólo captamos “lo que es”, sino que captamos sobre todo “lo que no es” (que tiende a infinito). A eso es a lo que se conoce como qualia: un contenido particular de la consciencia que permite condensar una gran cantidad de información y que nos ayuda a responder (una flor “no” es una serpiente, por ejemplo. Una flor no es peligrosa, luego no hay que huir). Esto hace que la consciencia funcione como un integrador, de una forma no lineal. Y éste es el segundo razonamiento negativo: para que un robot fuera “humano” debería ser un multirobot, uno encargado de cada función, trabajando de forma lineal. Muy eficiente para tareas concretas, pero débil ante la novedad.

 

¿Y cómo crea el cerebro la consciencia?

Para Morgado esta pregunta se desdobla en dos, a las que denomina “soft problem” y “hard problem”.

Tálamo (en naranja)

El ´soft problem´ consistiría “simplemente” en conocer cuáles son los lugares y mecanismos cerebrales que la hacen posible. Como en toda investigación, candidatos hay varios. Con la particularidad de que aquí se han ido sucediendo hasta sumarse. El principal, comenta Morgado, era el tálamo, un pequeño lugar de paso en el centro del cerebro que sirve de relevo a la mayor parte de las neuronas que llegan a la corteza cerebral, la parte del cerebro más evolucionada. Los datos eran reveladores: podía perderse o alterarse parte de la corteza (como le sucedió a Phineas Gage) que la consciencia era capaz de mantenerse inalterable. Pero si se lesiona el tálamo tiene lugar la oscuridad. Por ello se le llamó “el umbral de la consciencia”. El problema es el contrario: cuando un individuo se encuentra anestesiado (y por tanto inconsciente) el tálamo permanece activo, luego su funcionamiento no equivale a la consciencia. Es necesario, sí, pero no suficiente. De forma parecida se ha pensado en el tronco del encéfalo o, a nivel funcional, en la sincronía de las señales cerebrales. Ahora mismo, sin embargo, la mejor teoría es también la más globalizadora: una vez que se cumplen las condiciones necesarias, “la consciencia aparece cuando toda la corteza cerebral funciona en equipo”, de forma que la consciencia aparece como una cualidad emergente que no puede predecirse a partir de las partes, sino que surge de su reunión y colaboración. Y esto permite además explicar que sea incluso cuantitativa: la consciencia no es un todo o nada, sino que es gradual. Es evidente que uno “posee más consciencia” una hora después de despertarse, ya tomado el café, que cuando suena el despertador. Y explica también la escala que se produce con los animales: a menor funcionamiento e integración, menor consciencia.

(Claro que: ¿y los bebés, qué clase de consciencia presentan? ¿es posible una cierta consciencia sin memoria, sin la capacidad del recuerdo?) 

El ´hard problem´ es más complicado, si cabe. Podemos reconocer las zonas cerebrales que tienen que ver con la consciencia, las señales que transmiten, su mecanismo interno, pero: ¿cómo es que la materia y la energía se convierten en imaginación? Es ésta la verdadera frontera. Y, como comenta Morgado, no sólo es que no lo sepamos, es que ni siquiera tenemos hipótesis. Y esto no nos permite ni siquiera aventurar.

(es como intentar pensar en un color inexistente)

Entonces entra en juego algo que se aleja de la ciencia y se acerca, en cierto modo, a la filosofía. Y aquí Morgado se deja llevar. Acelera los conceptos, alza la voz, va adelante y atrás, “dialoga” y discute con otros teóricos no presentes.

En un principio se muestra levemente optimista. Si el cerebro depende de la evolución, quizás es cuestión de que no ha evolucionado lo suficiente. Pero lo toma como el mayor reto que debemos afrontar. Gerald Edelman, el premio Nobel americano, afila y provoca sin embargo al sostener que “la consciencia no necesita una explicación, sino una cura”. Para Edelman la consciencia es un epifenómeno, algo que surge de la mera unión de procesos y estructuras, que no tiene consecuencias en nuestro funcionamiento (como el ruido del motor de un coche: lo acompaña siempre, pero no lo determina). Resulta curioso el paralelismo entre esta forma de pensar y lo que opina de la música el psicólogo Steven Pinker. Para Pinker la música es, simplemente “una tarta de queso auditiva”: cosquillea partes importantes del cerebro, como la tarta lo hace en la boca, pero no cumple ninguna función. Puede activar zonas relacionadas con la emoción, la recompensa, el lenguaje, la audición o los movimientos. Puede ser muy placentera, pero no cumple ningún objetivo. Es lo que se conoce como un parásito evolutivo, un subproducto que aparece a partir de otras funciones que son las realmente importantes.

(y aquí entro yo también al debate, aprovechando lo que escuché a Robert Zatorre, investigador en el Instituto Neurológico de Montreal, cuando afirmaba que para él la música era algo parecido al fuego. Es posible que fuera un subproducto (ya sea biológico o cultural), pero se había conservado de una forma tan evidente porque se había hecho necesario. Porque mejoraba la comunicación, porque aumentaba la cohesión en los grupos.)

Morgado no se detiene aquí. Intenta buscar una explicación a nuestra imposibilidad de entender el proceso de la materia a la imaginación. Busca que obedezca a algo. Aventura (reconoce que aventura) que puede resultar adaptativa, suponer una ventaja. Sostiene que dicha carencia seguramente esté detrás de nuestra arraigada tendencia a lo sobrenatural, a la necesidad de las religiones. “Creer” ayuda a vivir. Y poca gente tiene la educación y la preparación necesarias para vivir en la curiosidad, sin necesidad de un ´más allá´ justificador.Suena atractivo, es cierto. Pero (vuelvo a intervenir en el debate) se antoja, si no falso, incompleto. Si la educación es capaz de revertir la tendencia entonces su arraigo es extremadamente débil. Cuesta creer que la naturaleza haya conservado con ahínco algo que puede llegar a ser tan cultural, tan en cierto modo ligero.

Y Morgado sigue (pero con esto ya termina): apunta que quizás en algún momento seamos capaces de entender el proceso. Que quizás esa capacidad se haga necesaria y sea seleccionada por la evolución. Que tal vez se produzca un salto tecnológico que la convierta en imprescindible.

Tal vez. Pero no parece claro que la evolución siga su curso entre nosotros como antes lo hacía. Así lo piensa Matt Ridley, por ejemplo. En cualquier caso esto ya es pura conjetura.

Como lo es también y por ahora el asunto del determinismo y la libertad, del que también se habló. Pero para eso ya tendremos tiempo en unos días.

Cuando nos visite Gazzaniga.

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Video de la conferencia de Ignacio Morgado en:

http://vimeo.com/43246830

Publicado por Jesús Méndez

Escritor y periodista científico. MD, PhD

  1. Plas,plas, plas,plas… Impresionante. La verdad es que los últimos artículos son extraordinarios. Ya sabes que no me gustan los adornos literarios, el ornamento. Que me gusta la dureza de lo explicado sin matices. Pero aun así… De premio

    1. Muchas gracias, noi. Ya sabes lo que se valoran por aquí los elogios desde la (semi)cuadrícula…

  2. […] según la Tercera Cultura, la relación entre las ciencias y las letras será comunicativa, y si aceptamos que si hay una ciencia social, ésa es la neurociencia, nada mejor sobre el papel […]

  3. […] "CRITEO-300×250", 300, 250); 1 meneos La consciencia: un viaje de la materia a la imaginación http://www.dixitciencia.com/2012/05/28/cronicas-cccb-la-conscien…  por equisdx hace […]

  4. si hilamos tan fino no podemos dejar pasar de alto que existen procesos conscientes mas elaborados que otros, y que a mucho pesar de algunos la Razón y la Fe ocupan los mejores estatus, dejando los sentimientos al análisis de las emociones de lo cotidiano y en algunos casos de lo sublime, quienes poseemos fe no somos locos, ni ignorantes ni inconscientes, ni tapa-huecos del saber, no, esa caricatura es poco seria. La lógica formal de un ateísmo excluyente no hace comparación a la sabiduría.

  5. […] sólo una cámara pueden trasladar la sensación de tu cuerpo al de una muñeca […]

  6. […] sols amb una càmera poden traslladar la sensació del teu cos al d’una nina […]

  7. […] sólo una cámara pueden trasladar la sensación de tu cuerpo al de una muñeca […]

  8. Muchas GRACIAS POR ESTA herramientaque DIOS te bendia ya tu familia tambien.
    De veerdad muchas gracias por publicar esto! Dios les bendiga.

  9. Tu forma de explicar cada cosa en cada parrafo es bastante amena y facil de entender, sigue escribiendo
    así!.

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