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Enfermedad, remedios, placebos y dudas (y II)

Aunque, hasta hace poco, el efecto placebo era considerado todavía un fenómeno exclusivamente psicológico e, incluso, un poco esotérico, ahace años que diversos grupos de investigación estudian los mecanismos por los que tiene lugar. Y ya se han empezado a descubrir algunos de los procesos fisiológicos del organismo que intervienen.

Este artículo fue publicado originalmente en catalán en el blog de divulgación científica Laetoli, en el diario Ara.

En el artículo anterior mencionábamos algunos de los problemas de la industria farmacéutica relacionados con el efecto placebo: ¿cómo puede ser que píldoras que no contienen un principio activo sean casi tan efectivas como algunos fármacos en estudio? O también el hecho de que medicamentos aprobados hace años (como el Prozac) ya no muestren la misma efectividad en estudios de control que la que tenían antes. Pero, ¿sabemos las causas? ¿Empezamos a vislumbrar por qué algunos placebos producen efectos similares a los medicamentos en estudio?

Aunque, hasta hace poco, el efecto placebo era considerado todavía un fenómeno exclusivamente psicológico e, incluso, un poco esotérico, ahace años que diversos grupos de investigación estudian los mecanismos por los que tiene lugar. Y ya se han empezado a descubrir algunos de los procesos fisiológicos del organismo que intervienen: muchos son de origen neurológico, y tienen que ver con los efectos de moléculas que produce nuestro propio organismo, como las endorfinas y otros opioides endógenos.

Los opioides endógenos
Las endorfinas y otras moléculas relacionadas, como las encefalinas y las dinorfinas, son péptidos opiáceos producidos de manera endógena por el organismo. En concreto, por la glándula pituitaria y por el hipotálamo de nuestro cerebro. Son secretadas cuando practicamos ejercicio, y también en situaciones de estrés y de dolor, y actúan como neurotransmisores que se unen a los receptores opioides del sistema nervioso. Por eso tienen efectos analgésicos y producen una sensación de bienestar similar a la de la morfina, de ahí el nombre “endorfina”, que recoge esta noción de “morfina endógena”.

La relación del efecto placebo con los opioides endógenos se puso de manifiesto, por primera vez, con la observación de que la naloxona (un fármaco que bloquea la acción de los opioides) también suprimía los efectos analgésicos del placebo. Esta observación permitió determinar que el efecto placebo tenía un origen neurológico y abrió las puertas a la investigación en este campo. Desde entonces, procesos en los que participan otros neurotransmisores, que tienen acciones supresoras del dolor y que controlan otras funciones como la respiración y el ritmo cardíaco, han sido relacionados con los efectos beneficiosos asociados al placebo.

Los científicos han visto que el efecto placebo está relacionado también con los mecanismos por los cuales nuestro cerebro anticipa tanto la aparición del dolor como su disminución. De alguna manera, el solo hecho de administrar un fármaco (que sabemos que nos reducirá el dolor) desencadena una serie de mecanismos en los que intervienen los opioides endógenos y otros neurotransmisores que se adelantan a los efectos del fármaco y pueden contribuir a su acción y potenciarla.

Quizás aquí hay algunas de las claves para entender por qué los psicofármacos (como los antidepresivos), que tienen como diana la química del cerebro, son los medicamentos que peor se han comportado en estudios comparativos con placebos. Los trastornos que se tratan con estos medicamentos son complejos y de tipología variada y, por afectar a las funciones cerebrales superiores, quizás son especialmente susceptibles a los efectos del placebo.

La relación médico-paciente
En esta línea, uno de los elementos que se ha visto que contribuyen de manera beneficiosa en el proceso de curación del enfermo, y que actúa por vías similares a las del placebo, tiene que ver con el componente social de la medicina y con el trato del médico hacia el enfermo: que este último se sienta escuchado, bien atendido y acompañado.

Los efectos beneficiosos del “ritual terapéutico” han sido analizados por Ted Kaptchuk de la Harvard Medical School. En el estudio de Kaptchuk intervinieron tres grupos de enfermos con el síndrome del intestino irritable, un trastorno funcional del intestino caracterizado por dolor abdominal crónico. Al primer grupo de pacientes simplemente se les puso en lista de espera para el “tratamiento”, al segundo grupo se les administró un placebo (pero lo hizo un médico que no se entretenía mucho en hablar con ellos) y los del tercer grupo recibieron el mismo placebo que los del segundo, pero administrado por un médico que se interesaba por su salud, les hacía preguntas y les mostraba confianza en que mejorarían. ¿Adivináis cuál de los tres grupos experimentó una mejora mayor? Los del tercero. Y el efecto, en contra de lo que se creía, ya que se trataba de un simple placebo, duró semanas. Pero incluso en los del primer grupo la perspectiva de participar en el estudio ya producía efectos beneficiosos (relacionados con los mecanismos de anticipación del cerebro).

Esto no quiere decir, en ningún caso, que el efecto placebo pueda sustituir al medicamento diseñado específicamente para tratar un determinado trastorno, pero pone de manifiesto el beneficio que, bien utilizado, puede tener en combinación con la terapia específica de la enfermedad . También es un ejemplo de cómo el conocimiento de los mecanismos fisiológicos implicados en el efecto placebo puede ayudar a diseñar tratamientos combinados más eficaces.

De hecho, el uso del efecto placebo no es del todo extraño en la práctica médica. En encuestas realizadas en Estados Unidos, por ejemplo, casi la mitad de los médicos preguntados han reconocido haber recetado medicamentos en dosis muy bajas para generar un efecto placebo en el paciente.
Algunos de estos mecanismos, en los que interviene la sugestión del paciente, también son utilizados por la industria farmacéutica para “complementar” los efectos de los fármacos. Tanto el color, la forma como otras características externas de las pastillas pueden jugar un papel secundario pero que la industria tiene en cuenta. Por eso, muchos antidepresivos son de color amarillo (como el sol), los ansiolíticos y tranquilizantes de colores suaves como el verde claro o el azul cielo (y nunca rojos) y los antiácidos blancos. También se sabe que un placebo tomado cuatro veces al día es más efectivo que si se toma solamente dos, y aún lo es más si lleva impreso el nombre del medicamento real.

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Publicado por Miquel Tuson

Doctor en biología y comunicador científico